domingo, 5 de enero de 2014

QUÉ GRANDE ES SER LIBRE

                Cuando era una adolescente ávida de lecturas cayó en mis manos uno de los muchos libros de la Colección Historias que me impresionó profundamente: La cabaña del Tío Tom. Fue mi primer contacto con el mundo de la esclavitud. Aún recuerdo pasajes de aquel libro que no he vuelto a leer. Mucho tiempo después vi en televisión la famosa serie Raíces, que narraba con estremecedora verosimilitud la historia de Kunta Kinte, el negro arrancado de su África natal para ser vendido como esclavo en algún Estado sureño, una historia muy alejada de Lo que el viento se llevó, en la que los negros eran cariñosos sirvientes bien tratados por sus amos. La realidad fue bien distinta, como sabemos. Habría, seguramente, amos razonables y justos, pero el punto de partida de la esclavitud no tiene nada de humanitario. Sus defensores, aunque cueste creerlo, basaban sus creencias en la Biblia, y muchos siglos antes ya los romanos,como bien narró magistralmente Stanley Kubrick en Espartaco , eran dueños y señores absolutos de la vida y la muerte de sus esclavos, a quienes trataban como a meros instrumentos de trabajo y entretenimiento. No tenían nada propio, ni siquiera familia, pues podían ser vendidos sin tener en cuenta su situación personal. Eran objetos sin voluntad, sentimientos  o alma, como un jarrón o una túnica.
                        No puedo hacer una relación exhaustiva de las civilizaciones que han empleado la esclavitud como parte integrante de su historia. Hoy día sigue existiendo, de manera más refinada, pero real, y dudo mucho de la eficacia de los esfuerzos para erradicarla. Quizá esté tan extendida y arraigada porque en la raíz del ser humano tiene gran fuerza la idea de la sumisión y la posesión del otro, de la manera que sea. ¿Cómo se puede justificar la anulación como persona de un semejante? ¿Qué nos lleva a desdeñar y maltratar a un negro por el simple hecho de serlo? La relación de las barbaridades cometidas contra ellos es interminable. Lo asombroso es que, lejos de ser un fenómeno aislado, creo que incluso va en aumento. La reciente muerte de Mandela nos ha hecho recordar la brutalidad del apartheid, la no resuelta marginalidad de la población negra en Estados Unidos, las muchas injusticias de triste actualidad... Aprovecho para recomendar otra película ya merecidamente premiada, Criadas y Señoras, por si alguien ha olvidado que en los 60 aún los negros estaban lejos de disfrutar de privilegios tan elementales como utilizar el mismo servicio que los blancos, por ejemplo. 
                                 El cine no ha profundizado demasiado en este tema, que yo sepa. Recientemente Quentin Tarantino nos ha brindado su particular visión de la esclavitud en la estupenda Django Desencadenado. Contiene todos los elementos de su obra: violencia (en algunos momentos casi se siente salpicar la sangre fuera de la pantalla), humor, ironía, inteligencia, venganza, justicia... Quizá lo más desafortunado sea la elección de Jamie Foxx como protagonista; en cambio, Christoph Waltz (merecidísimo Óscar por Malditos Bastardos, también de Tarantino) está sobresaliente haciendo de justiciero y Leonardo DiCaprio no le va a la zaga en su papel de malo malísimo. No sé por qué quienes critican el exceso de realismo de Doce años de esclavitud en escenas terriblemente crueles y dolorosas olvidan que en Django Desencadenado hay otras no menos duras, quizá con más elipsis, como la muerte de un esclavo devorado por feroces perros, pero igualmente atroces. 
                                 Doce años de esclavitud es la historia real de un hombre que vivió libre como músico de cierta reputación, con amigos y familia, hasta que dos desaprensivos ávidos de riqueza le engañan y le venden como esclavo en el Sur. Tiene que amoldarse a la fuerza a su nueva condición. Aprende a ser sumiso y a disimular su condición de hombre instruido: los amos no quieren que un esclavo sepa más que ellos. Dueños y señores de los negros que han comprado, disponen a su antojo del cuerpo de las jóvenes y de los hijos que engendran. Michael Fassbender es aquí el malo y Brad Pitt, también productor, es el bueno. Muchos pronostican que Chiwetel Ejiofor se llevará el Óscar, y no creo que anden desencaminados.
                                    Vi esta película hace ya algunas semanas y sigo sintiendo un estremecimiento al recordar la dureza de la historia, las llagas producidas por los latigazos, la desesperanza de quienes no pueden huir de su condición, la humillación de los considerados inferiores, la crueldad de quienes se creen superiores a otros seres humanos... Delante de mí había cinco jóvenes que, aparte de mirar compulsivamente sus móviles y hablar entre ellos sin parar, no se enteraron de la misa la media, lógicamente. Confundieron a la esclava con la mujer del protagonista y no entendieron por qué no intenta escapar más veces, como si se tratara de un Rambo cualquiera. De pena... Eso demuestra, una vez más, que andamos algo cortos de entendederas y sobre todo de sensibilidad. Y que, lo más grave, no comprendemos que el cine es más que un producto mercantil, un mero pasatiempo, un negocio bastante lucrativo y un vehículo de lucimiento para más de uno. Yo voy al cine rabiosa por el precio de las entradas, pero sabiendo que tras esas imágenes, del tipo que sean, hay un sinnúmero de profesionales que viven de eso, de hacer películas, desde los guionistas hasta los músicos, pasando por electricistas, cámaras, decoradores... qué sé yo, y que, digan lo que digan los incultos y mercaderes, muchas son un necesario testimonio de nuestra historia o nuestra vida. Pueden servir para divertir, entretener, hacer pensar, indignar... pero, si queremos, podemos sacar de ellas mucha materia de conversación o de reflexión. Yo al menos intento no quedarme con la apariencia, siempre me gusta ir más allá. Cada película que veo encierra la posibilidad de hablar sobre ella, por eso quisiera dedicar otros espacios a la emotiva Vivir es fácil con los ojos cerrados, especialmente significativa para quienes vivimos aquella época, o a la controvertida La vida de Adèle, tres horas que narran el despertar a la vida de una adolescente, como Mud, radicalmente distinta pero que también cuenta el final de la niñez. Tres bodas de más, La gran familia española, La gran belleza, Blue Jasmine, Prisioneros, Gravity, La mejor oferta, Antes del anochecer... todas elas, y más que no cito por no cansar, me han dejado huella, cada una en su estilo. Bendito sea el cine... todavía.