Ayer tocaba otra vez teatro. Hay varias obras en cartel que me apetece ver y ésta es una de ellas. Dos menos es la historia de dos enfermos terminales, Julio y Pedro, que deciden escapar juntos del hospital en el que se encuentran ingresados para terminar sus días lejos de esas frías paredes y vivir nuevas experiencias aunque el final sea inminente. Recuerda en su estructura a Fugadas, que comenté aquí hace poco. Son dos tiernos perdedores que se resisten a rendirse, afrontando juntos una difícil situación y solucionando esos asuntos pendientes que todos tenemos con mutuo apoyo.Héctor Alterio y José Sacristán están sencillamente geniales. Tienen muchas tablas a sus espaldas, tanto en cine como en teatro, y se nota, vaya si se nota. Se hacen dueños del escenario con su sola presencia, con pijama y zapatillas, sin más, en un sobrio decorado que estimula la imaginación, como debe ocurrir en toda obra que se precie. Su madurez es un indudable punto a su favor . Nada que ver con los jóvenes titubeantes que a veces se atreven con papeles que les vienen demasiado grandes. Aquí los dos secundarios no están a su altura: bastante lamentable la chica, mejor él, simplemente cumplen. Do monstruos como Alterio y Sacristán tienen mucho que enseñarles.
Julio y Pedro se ponen a hacer autostop en una carretera en medio de la fría noche. Coinciden con una joven embarazada a punto de dar a luz que ha sido abandonada por su marido, incapaz de afrontar su responsabilidad. Intentan ayudarla y en parte lo consiguen. En su búsqueda del marido encuentran a un fracasado suicida que sale empapado del lago porque los pesos que sujetaban sus tobillos se han soltado. Antes han visitado un caduco salón de baile en el que se marcan unos pasos con una joven que despierta, quizá por última vez, sus deseos más masculinos de conquista y placer al estrechar su cuerpo envuelto en un llamativo vestido rojo.
Si fuera una película sería una road movie, una sucesión de encuentros, peripecias y sobre todo reflexiones y confidencias. En unas horas se conocen, se aprecian y se ayudan. Sus vidas han sido muy diferentes. Uno ha sido vendedor de electrodomésticos y ha criado como propios dos hijos sin saber hasta muy tarde que era estéril. Lo afronta sin amargura, como un sino inevitable. El otro también abandonó a su mujer y a su hijo aún no nacido por pánico y siente que le falta algo. Los dos llegan al final sin darse cuenta, como todos. Cada uno piensa en la muerte del otro para no pensar en la propia, pero no hay humor negro, sino lúcidas reflexiones que invitan a pensar en la situación de cada espectador, al menos en mi caso.
El texto no es redondo, pero Alterio y Sacristán están tan soberbios que no se nota. No hay ternurismo ni mojigatería, son dos adultos enfrentados a su inminente final con serenidad y realismo. Sufren sendas enfermedades que suponen una seria llamada de atención: somos mortales y alguna vez se acabará nuestro tiempo, aunque no queramos pensarlo. Ellos quieren vivir nuevas experiencias hasta el final, y por eso se mueven, salen en mitad de la noche sabiendo que nadie va a echarles en falta. Su breve viaje es una metáfora de la existencia: parar es morir. no quieren quedarse quietos, no hay que rendirse antes de tiempo, nunca.
Julio y Pedro son dos perdedores muy tiernos que no sienten rencor a pesar de los dramas y abandonos que han sufrido. ¿Qué haríamos si supiéramos que nos quedan sólo unos días de vida? La mayoría, vivir a toda prisa lo no vivido hasta entonces y tratar de saldar todas las deudas pendientes. Quizá hemos esperado años sin afrontar ciertos problemas. Nos parece que la vida es una fuente inagotable hasta que, de repente, el chorro se vuelve fino y débil, anunciando el final. Las últimas gotas nos pillan desprevenidos. Tantos años, y han pasado tan rápido, se nos han hecho tan cortos... Siempre hemos dejado algo para mañana, o no hemos estrenado una prenda especial esperando la ocasión apropiada , o hemos pospuesto la resolución de un conflicto familiar, o no hemos dado todo el cariño necesario a los demás. Se ha escrito tanto sobre la muerte, desde tantos puntos de vista... Siempre nos causa temor hablar de ella, acudimos a los tanatorios, tan asépticos y bastante lujosos algunos, con prevención y respeto, preguntándonos acaso si seremos el siguiente. Pocos dejan preparado lo que quieren para su despedida de este mundo. Yo siempre siento un nudo en la garganta cuando leo ese poema de Juan Ramón Jiménez que empieza diciendo: "Y yo me iré...", o cuando escucho la canción de Serrat en la que se pregunta quién regará su huerto cuando él ya no esté. Todos aspiramos a la inmortalidad siendo irremediablemente mortales. Queremos, como Manrique, seguir vivos en la memoria de quienes se quedan aquí, y en cierto modo así es. Quienes ya hemos sufrido dolorosas pérdidas sabemos lo que es hablar de los muertos, mejor dicho, comprobamos cuán diferente es su recuerdo en unos y en otros, como si habláramos de personas diferentes. Acaso seamos así, variados y poliédricos, con múltiples facetas que nadie conoce en su totalidad.
Recuerdo este planteamiento en una novela que fue antes una exitosa serie de televisión, Hombre rico, hombre pobre. Tras la muerte de Tom a manos del sanguinario y cruel Falconetti (qué joven era yo entonces, santo cielo, pero cómo lo recuerdo) su hijo busca a cuantas personas le conocieron y trataron para saber cómo era ese hombre al que apenas conoció. Algunas le amaron, otras lo contrario. Si repetimos la experiencia nos ocurrirá lo mismo.
Luis Carandell recogió cientos de epitafios a cuál mas curioso. Ahora en la Red navegan muchos correos con el mismo motivo. Los hay curiosos, divertidos, ocurrentes, tristes... Uno muy realista dice: Como te veo me vi, como me ves te verás. Y es famoso eso de: "Yace en esta losa dura/ una mujer tan delgada/ que en la vaina de una espada/ se trajo a la sepultura". La muerte, tema inagotable...
Sacristán y Alterio son dos actores excepcionales, cómplices maravillosos en la escena, sobrados de recursos y dueños de unas voces trabajadas y profundas que son gran parte de su encanto. Grandes profesionales, no necesitan más que un buen texto (y si es mediocre lo engrandecen) para mantener atentos a cientos de espectadores (el teatro estaba lleno) y arrancarles risas y reflexiones por igual. Es la magia del teatro, que sigue vivo, pese a todo lo que le amenaza. No me cansaré de acudir a él cuanto me sea posible y de animar a los demás a que hagan lo propio. En España tenemos grandes actores que debemos aprovechar. Casi todas las obras de éxito realizan giras que acercan a muchas ciudades este lujo ya no exclusivo de las grandes capitales.
Tras el teatro, después de esperar infructuosamente la salida de los actores para felicitarles, mi amiga y yo convencimos a mi marido para que nos acompañara a cenar. Nos conformamos con unos deliciosos bocatas de calamares en El Brillante, mundialmente famoso, y unas copas sin alcohol (volante obliga) en un sitio encantador, tranquilo y elegante sin resultar excesivo. Fue una velada estupenda, un perfecto remate de la semana. Adoro la conversación reposada, la compañía de personas amadas, esa sensación de plenitud y felicidad que provoca sentirse querido, poder hablar de cualquier tema con libertad . Eso no tiene precio.
Ahora mismo vuelvo a ver a Sacristán en "El viaje a ninguna parte", amarga y lúcida crónica de aquellos cómicos de la legua que sorevivían a duras penas yendo de pueblo en pueblo desgranando versos y obras de todo tipo a cambio de unas míseras pesetas. Dios, este hombre siempre ha sido genial...

Os dejo con unos versos de Borges incluidos en el programa de mano:
Julio y Pedro se ponen a hacer autostop en una carretera en medio de la fría noche. Coinciden con una joven embarazada a punto de dar a luz que ha sido abandonada por su marido, incapaz de afrontar su responsabilidad. Intentan ayudarla y en parte lo consiguen. En su búsqueda del marido encuentran a un fracasado suicida que sale empapado del lago porque los pesos que sujetaban sus tobillos se han soltado. Antes han visitado un caduco salón de baile en el que se marcan unos pasos con una joven que despierta, quizá por última vez, sus deseos más masculinos de conquista y placer al estrechar su cuerpo envuelto en un llamativo vestido rojo. Si fuera una película sería una road movie, una sucesión de encuentros, peripecias y sobre todo reflexiones y confidencias. En unas horas se conocen, se aprecian y se ayudan. Sus vidas han sido muy diferentes. Uno ha sido vendedor de electrodomésticos y ha criado como propios dos hijos sin saber hasta muy tarde que era estéril. Lo afronta sin amargura, como un sino inevitable. El otro también abandonó a su mujer y a su hijo aún no nacido por pánico y siente que le falta algo. Los dos llegan al final sin darse cuenta, como todos. Cada uno piensa en la muerte del otro para no pensar en la propia, pero no hay humor negro, sino lúcidas reflexiones que invitan a pensar en la situación de cada espectador, al menos en mi caso.
El texto no es redondo, pero Alterio y Sacristán están tan soberbios que no se nota. No hay ternurismo ni mojigatería, son dos adultos enfrentados a su inminente final con serenidad y realismo. Sufren sendas enfermedades que suponen una seria llamada de atención: somos mortales y alguna vez se acabará nuestro tiempo, aunque no queramos pensarlo. Ellos quieren vivir nuevas experiencias hasta el final, y por eso se mueven, salen en mitad de la noche sabiendo que nadie va a echarles en falta. Su breve viaje es una metáfora de la existencia: parar es morir. no quieren quedarse quietos, no hay que rendirse antes de tiempo, nunca.
Julio y Pedro son dos perdedores muy tiernos que no sienten rencor a pesar de los dramas y abandonos que han sufrido. ¿Qué haríamos si supiéramos que nos quedan sólo unos días de vida? La mayoría, vivir a toda prisa lo no vivido hasta entonces y tratar de saldar todas las deudas pendientes. Quizá hemos esperado años sin afrontar ciertos problemas. Nos parece que la vida es una fuente inagotable hasta que, de repente, el chorro se vuelve fino y débil, anunciando el final. Las últimas gotas nos pillan desprevenidos. Tantos años, y han pasado tan rápido, se nos han hecho tan cortos... Siempre hemos dejado algo para mañana, o no hemos estrenado una prenda especial esperando la ocasión apropiada , o hemos pospuesto la resolución de un conflicto familiar, o no hemos dado todo el cariño necesario a los demás. Se ha escrito tanto sobre la muerte, desde tantos puntos de vista... Siempre nos causa temor hablar de ella, acudimos a los tanatorios, tan asépticos y bastante lujosos algunos, con prevención y respeto, preguntándonos acaso si seremos el siguiente. Pocos dejan preparado lo que quieren para su despedida de este mundo. Yo siempre siento un nudo en la garganta cuando leo ese poema de Juan Ramón Jiménez que empieza diciendo: "Y yo me iré...", o cuando escucho la canción de Serrat en la que se pregunta quién regará su huerto cuando él ya no esté. Todos aspiramos a la inmortalidad siendo irremediablemente mortales. Queremos, como Manrique, seguir vivos en la memoria de quienes se quedan aquí, y en cierto modo así es. Quienes ya hemos sufrido dolorosas pérdidas sabemos lo que es hablar de los muertos, mejor dicho, comprobamos cuán diferente es su recuerdo en unos y en otros, como si habláramos de personas diferentes. Acaso seamos así, variados y poliédricos, con múltiples facetas que nadie conoce en su totalidad.Recuerdo este planteamiento en una novela que fue antes una exitosa serie de televisión, Hombre rico, hombre pobre. Tras la muerte de Tom a manos del sanguinario y cruel Falconetti (qué joven era yo entonces, santo cielo, pero cómo lo recuerdo) su hijo busca a cuantas personas le conocieron y trataron para saber cómo era ese hombre al que apenas conoció. Algunas le amaron, otras lo contrario. Si repetimos la experiencia nos ocurrirá lo mismo.
Luis Carandell recogió cientos de epitafios a cuál mas curioso. Ahora en la Red navegan muchos correos con el mismo motivo. Los hay curiosos, divertidos, ocurrentes, tristes... Uno muy realista dice: Como te veo me vi, como me ves te verás. Y es famoso eso de: "Yace en esta losa dura/ una mujer tan delgada/ que en la vaina de una espada/ se trajo a la sepultura". La muerte, tema inagotable...
Sacristán y Alterio son dos actores excepcionales, cómplices maravillosos en la escena, sobrados de recursos y dueños de unas voces trabajadas y profundas que son gran parte de su encanto. Grandes profesionales, no necesitan más que un buen texto (y si es mediocre lo engrandecen) para mantener atentos a cientos de espectadores (el teatro estaba lleno) y arrancarles risas y reflexiones por igual. Es la magia del teatro, que sigue vivo, pese a todo lo que le amenaza. No me cansaré de acudir a él cuanto me sea posible y de animar a los demás a que hagan lo propio. En España tenemos grandes actores que debemos aprovechar. Casi todas las obras de éxito realizan giras que acercan a muchas ciudades este lujo ya no exclusivo de las grandes capitales.Tras el teatro, después de esperar infructuosamente la salida de los actores para felicitarles, mi amiga y yo convencimos a mi marido para que nos acompañara a cenar. Nos conformamos con unos deliciosos bocatas de calamares en El Brillante, mundialmente famoso, y unas copas sin alcohol (volante obliga) en un sitio encantador, tranquilo y elegante sin resultar excesivo. Fue una velada estupenda, un perfecto remate de la semana. Adoro la conversación reposada, la compañía de personas amadas, esa sensación de plenitud y felicidad que provoca sentirse querido, poder hablar de cualquier tema con libertad . Eso no tiene precio.
Ahora mismo vuelvo a ver a Sacristán en "El viaje a ninguna parte", amarga y lúcida crónica de aquellos cómicos de la legua que sorevivían a duras penas yendo de pueblo en pueblo desgranando versos y obras de todo tipo a cambio de unas míseras pesetas. Dios, este hombre siempre ha sido genial...

Os dejo con unos versos de Borges incluidos en el programa de mano:
El porvenir es tan irrevocable
como el rígido ayer. No hay una cosa
que no sea una letra silenciosa
de la eterna escritura indescifrable
cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
de su casa ya ha vuelto. Nuestra vida
es la senda futura y recorrida.
El rigor ha tejido la madeja.
(...)
La firme trama es de incesante hierro,
pero en algún recodo de tu encierro
puede haber
una luz, una hendidura.
Feliz semana a todos, si es posible, con teatro.




































