sábado, 1 de enero de 2011

1/I/2011: EL PRIMERO

Ya hemos traspasado la ¿mágica? barrera que separa un año de otro, hemos cumplido los ritos que aseguran salud, amor y prosperidad para los próximos doce meses y sólo nos queda esperar la visita de los Reyes Magos. Madrid sigue siendo un hervidero de gente y de actividades, nunca para. Quería ver la exposición de Renoir y Rubens en El Prado, pero tendré que esperar, así que fui con una amiga muy especial a la Biblioteca Nacional, lugar muy querido que no visitaba hace años y que a sus muchos alicientes para todo amante de la cultura y de los libros añade el de la gratuidad, valor muy en alza en los tiempos obligadamente austeros que vivimos.


Esta vez la estrella es, por un lado, La Cocina en su Tinta, interesante paseo por la gastronomía, curiosidades, objetos, historias, recetas y personajes que han hecho de este ¿arte? un asunto de vital importancia. Hay que comer para vivir, evidentemente, pero de las primeras chuletas crudas en las cavernas prehistóricas al refinamiento de El Bulli, por ejemplo (sitio que no está a mi alcance, obviamente), pasando por los guisos de puchero de toda la vida (mis favoritos), los postres caseros, los pinchos de Donosti y mil delicias más hay un interminable recorrido por las cocinas de todo el mundo que me encanta observar y estudiar. La cocina es un mundo apasionante, rico y variado como pocos. Hay tantos sabores por descubrir, tantas posibles elaboraciones, tantos recuerdos unidos a ellos... Comprendo que los grandes cocineros deben esforzarse por seguir en primera línea, pero de ahí a inventarse cosas como el aire de zanahoria o la tortilla de patata deconstruida va un abismo. Mucho cuento veo en todo eso... No me gustan las recetas innecesariamente complejas, por eso sigo a Arguiñano y me encanta Falsarius Chef, que tiene soluciones de bote para cada situación y además es ingenioso y divertido.



Vimos, cómo no, el Museo de la Biblioteca, un lugar que yo recordaba por haberlo visitado con mis alumnos hace años. Es un recorrido completo por toda la historia de la escritura, desde los primeros restos tallados en piedra hasta el MP3 (faltaba el libro electrónico, la técnica va más deprisa que la propia Historia). Los incunables dormían en sus vitrinas, como los pergaminos, los papiros, los cartularios, las obras de Miguel Hernández, el facsímil del Mio Cid, libros y libros maravillosos, escritos con infinita paciencia por amanuenses escrupulosos y aplicados, guardados siglo tras siglo, conservando casi intactos sus colores vivos de manera casi milagrosa. La Historia late en esas páginas, amorosamente conservadas y cuidadas para alegría de todos. Qué placer pasear por esas salas discretas, con no demasiado público, repasar esas páginas hermosas que contienen todo cuanto ha hecho el hombre, para bien y para mal, a lo largo de miles de años, recordar obras inmortales, apreciar la tremenda importancia de Gütenberg... Una mañana deliciosa, sin duda.


También vi la colección Códices de la Capilla Sixtina, en la que me detuve menos, pero no pude resistir la tentación de copiar algunas frases que adornaban las vitrinas:
El que no sabe escribir piensa que no cuesta nada, pero es un trabajo ímprobo que quita luz a los ojos, encorva el dorso, mortifica el vientre y las costillas, da dolor a los riñones y engendra cansancio en todo el cuerpo. Florencio, ilustrador del siglo X
Iletritis: primer virus digital que infecta a los seres humanos. A los infectados la B y la V les parece la misma letra, se comen letras, piensan que la K es sólo mayúscula y se les agrandan los ojos y sudan al ver un formulario.
Faltan palabras en la lengua para los sentimientos del alma. Fray Luis de León
La belleza artística no consiste en representar una cosa bella, sino en la bella representación de una cosa. Kant
Siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de bibloteca. Borges

Leyendo comprenderás lo que no está escrito.

Y, en fin, inquieto y violento,

por donde quiera que voy.

Soy todo y nada, pues soy

el humano pensamiento.

Mira si bien me describe

variedad tan singular,

pues quien vive sin pensar

no puede decir que vive.

Calderón de la Barca

Lo que la fábula ha inventado a veces lo reproduce la Historia. Víctor Hugo

Siente el pensamiento,

piensa el sentimiento.

Unamuno

Sólo hay un bien: el conocimiento. Sólo hay un mal: la ignorancia. Sócrates

Bajo la lluvia helada llegamos hasta la exposición de CajaMadrid sobre los jardines impresionistas, un hermoso paseo ante lienzos luminosos y coloristas, una auténtica premonición primaveral en pleno otoño. Cuadros que desprenden tranquilidad y sosiego, naturaleza cuidada y espontánea a la vez, promesa de siestas en el jardín, de descanso bajo los árboles, de delicados puentes sobre ríos tranquilos. No puedo permitirme el lujo de comprar un original de Klimt, Monet, Ernst o Sorolla, pero sí adquiriré alguna de esas estupendas reproducciones que venden en los museos para adornar las paredes de mi nueva casa, sin marcos, eso sí, que suelen ocultar el valor de lo pintado.






Me gusta ver cosas bonitas siempre que puedo, recrearme en la magia de las pinceladas que imitan milagrosamente la etérea muselina, la transparencia del agua, los matices del verde, la riqueza multicolor de las flores... Los impresionistas siempre son una buena opción. Parecen sencillos, incluso simples, pero son tan expresivos, tan estimulantes y tranquilizadores a la vez... Ante ellos fluyen con naturalidad las confidencias, esas que compartimos las mujeres de una manera muchas veces incomprensible para los hombres. La amistad es un bien impagable que hay que cuidar con esmero. No hay mejor terapia que una conversación sincera con alguien que nos escucha y nos entiende sin escandalizarse y sin pretender adoctrinarnos.

Tuvimos un dulce final: merienda en la Chocolatería Valor, llena a rebosar. Ante una humeante taza de chocolate caliente (¡buenísimo!) recordamos nuestra estancia, años ha, en Villajoyosa, cuyas calles huelen a ese producto traído de América que encierra curiosas historias. El brownie está de muerte, aviso, es una delicia saborearlo acompañado de chocolate derretido...mmm...



Así que entre libros, pintura, lluvia, dulces y, sobre todo, una buena dosis de amistad voy pasando estas ansiadas vacaciones navideñas. Aún queda una semana para disfrutar de otras experiencias...
Feliz 2011 a todos.










martes, 21 de diciembre de 2010

SILENCIO, ES NAVIDAD



ARTE POÉTICA

Más que decir palabras, quisiera dar la mano

a un niño, hundir el pecho contra la espuma viva,

y estar callado, llena la frente de océano,

bajo un pino silente, palpitando hacia arriba.

Más que decir palabras, navegar en un llano

de espigas empujadas, ondeadas, donde liba

la inmensidad su jugo de noche de verano,

y en vez de soñar nombres que el viento los escriba.

Más que juntar canciones cogidas en la infancia,

quisiera mis mejillas como un nido robado,

y el sabor de mis labios húmedos de ignorancia,

y la primer delicia del que nunca ha besado:

más que decir palabras ser su propia fragancia,

y estar callado, dentro del verso, estar callado...

LEOPOLDO PANERO



lunes, 6 de diciembre de 2010

AYER Y HOY

Vivimos en la era de la abundancia, sin duda ninguna. Compramos, usamos, tiramos, desechamos... Las cosas ya no tienen el valor de antaño. Hasta hace bien poco, los muebles eran casi eternos, se cuidaban con mimo, pasaban de padres a hijos como un bien inestimable. Se guardaban los trajes de novia de madres y abuelas, los viejos juguetes, los libros escolares, aquellos juegos de cama bordados para el ajuar y quizá ni estrenados (qué paciencia y qué tiempo planchar aquellas sábanas de hilo...), las cartas más personales, las fotos en blanco y negro, las vajillas de una loza hoy inimaginable, las lámparas enormes de lágrimas, hoy imposibles de colgar en unos techos cada vez más bajos...


Cambiamos de casa y apenas nos sirve algo de lo anterior. Lo queremos todo nuevo, más moderno. Lógico. Dicen que las mudanzas vienen bien para deshacernos de todo lo inservible. Ya lo dice el refrán: Parientes y trastos viejos, pocos y lejos. Yo he de hacer una próximamente y no sé si estoy preparada, al menos mentalmente, porque el esfuerzo físico en sí no quiero ni pensarlo. Santo cielo, la cantidad de cacharros, ropa, utensilios, sábanas, toallas, libros, discos... que he podido acumular en veinticinco años... La mayoría está en el sótano, convertido en un totum revolutum en el que cada vez me cuesta más no sólo poner orden (ni de lejos lo consigo) sino incluso recordar siquiera qué demonios tengo. Más de una vez he comprado libros que ya tenía sin acordarme, y otras he comprado una edición de más fácil lectura, caso de "La Regenta", por ejemplo, que leí en mis años universitarios en la edición de Alianza y que ahora se me antoja imposible por el tamaño de la letra. Como él, otros muchos libros están condenados a vivir el sueño de los justos, no sé dónde. Las bibliotecas no los quieren, los anticuarios tampoco... ¿Qué hacer con ellos? Supongo que los querrán en alguna ONG, al igual que al ropa y otras cosas. Soy consciente de que en buena parte del mundo el problema es bien distinto: necesitan desesperadamente ropa, comida, material escolar... En esta época proliferan las campañas para recoger este tipo de bienes. Tengo mis dudas sobre su destino, pero bueno, lo doy confiando en el buen uso que tendrán en manos más necesitadas que las mías.

Estos días he tenido que enfrentarme otra vez al desmantelamiento de una casa familiar, una tía en este caso. Ya lo pasé fatal cuando hicimos lo mismo con la casa de mi madre tras su muerte hace cinco años. Me parecía que estábamos profanando una tumba. Hurgamos en sus cajones, saqueamos sus armarios, repartimos sus posesiones... Había que hacerlo, sin duda, pero me resultó extremadamente doloroso. ¿Qué derecho teníamos a entrar a saco en todo aquello que ella había dsifrutado con tanta ilusión? Si hubiera tenido secretos, los habríamos descubierto. Su espíritu parecía flotar sobre la labor inacabada, el crucigrama que dejó a medias sobre la mesilla, los pañuelos con su perfume... Era imposible mantener todo aquello porque había que vender la casa. Yo habría querido quedarme con muchas cosas, no las de más valor, que me importaban bien poco. Participar en aquella liquidación suponía para mí desprenderme de una parte de mi vida que ya no volverá jamás. Ya no tengo una casa familiar a la que acudir por Navidad. Cada hijo tiene la suya, como mis tías, pero falta ese nexo de tantos años. En poco tiempo he visto desaparecer aquello que recordaba como objetos de mi infancia y juventud. Las vajillas están repartidas, como los manteles o las sábanas. Ha cambiado el escenario, el recuerdo sigue vivo.




Uno compra algo por algún motivo, lo disfruta y luego lo desecha. Al cambiar de manos, cambia también totalmente su valor. Qué diferentes somos... Para mi madre, mi padre, mi tía, un cuadro tenía un valor inestimable; para mí es un recuerdo que no sé dónde colocar. Ahora mi casa guarda parte de sus vidas, no sé por cuánto tiempo, si es que la puedo colocar en la mía. Porque en el fondo creo que ésa es la cuestión: qué hacemos con el legado de nuestros antepasados. Me duele ver en mercadillos fotos antiguas que los herederos no se molestaron en guardar o en quemar, como final más piadoso. Todo parece caduco, inservible pasado un tiempo. Me duele pensar en esa inexorable ley de vida que obliga a renovar el menaje, el vestuario, la biblioteca, desechando lo antiguo y pasado de moda. La alternativa es convertir las casas en museos, pero al ser cada vez más reducidas resulta una solución impensable, y no digamos si en lugar de propias son alquiladas. En eso parece que los norteamericanos son mucho más prácticos: acostumbrados a cambiar frecuentemente de domicilio, se deshacen sin pena de gran parte de sus posesiones y las ponen a la venta frente a su casa para aligerar el traslado. Claro que, por otra parte, envidian el patrimonio de la vieja Europa y se mueren por tener un auténtico castillo escocés en Texas. Paradojas de la vida.



Echo en falta no haber podido conservar mis cuadernos escolares, por ejemplo, abandonados precipitadamente el El Aaiún, o los juguetes de mi infancia, o los libros de aquella Colección Historias que recuerdo con tanto cariño. Me siento nómada y un poco huérfana sin todo aquello que me rodeaba de pequeña. ¿Tan importante es el pasado? ¿Por qué tiramos lo que ya no nos resulta útil en sentido material? Creo que queremos conservarlo todo para negar el paso del teimpo, para aferrarnos a un tiempo que no queremos dejar escapar porque si se va envejecemos y morimos. Queremos ser eternos.





Tuve que preguntar a mi tía cómo se llamaba mi bisabuela. La recordaba perfectamente, menos su nombre. Qué extraña es la memoria... Me contó episodios familiares que pronto nadie recordará ni contará ya. Yo puedo escribirlos y guardarlos, pero, ¿a quién interesarán? La historia sigue, el hilo se rompe. Se habla de la Guerra Civil, pero dentro de pocos años no quedará nadie vivo ni descendiente directo de aquella época. Aquellas cartas, las fotos, las terribles imágenes irán cayendo poco a poco en el olvido. Igual que ya no se llevan esos pañitos de ganchillo sobre las mesas o los sofás irán desapareciendo los recuerdos, diluidos por el paso del tiempo.

Las mesas camilla son hoy raras, excepcionales en las ciudades, desde luego, como las mecedoras o las colchas tejidas durante horas y horas, cuando el tiempo tenía otro valor y otro sentido. Épocas pasadas, años idos, nosotros ayer y hoy, como puente o como separación. Los objetos y las personas, los sentimientos y los recuerdos. Todo forma parte de la misma vida, aunque la veamos compartimentada. Somos un todo indisoluble, estemos donde estemos y seamos como seamos. Llevamos el pasado a cuestas porque somos también parte de él.




Una recomendación que también sirve como viaje en el tiempo, en este caso personal y literario: leed el discuso de Vargas Llosa con motivo de la entrega del Nobel. Es una auténtica delicia, una maravilla en prosa, sentida, vivida e incluso llorada.
Feliz vuelta de puente a todos.


















jueves, 25 de noviembre de 2010

ÉL NO ES MALO

Él no es malo, entiéndelo. Sólo necesita mucho cariño. Sí, ya sé que tiene un modo muy raro de demostrarlo, pero, qué quieres, yo soy así. ¿Es que tú nunca has estado enamorada, Inés? ¿Y has puesto condiciones alguna vez? Entonces eso no es amor. No pongas esa cara, tú eres tan racional que no comprendo cómo puedes llevar tantos años con Alberto, que se desvive por ti, y tú sólo piensas en que su sueldo y el tuyo juntos os dan para pagar la hipoteca, tener dos coches y marcharos de vacaciones un par de veces al año. Vale, eso es importante, sí, pero no lo es todo. Ay, Inés, si tú supieras... ¿Que te lo cuente? ¿Y qué más quieres saber? Cada vez que te hablo de Juan pones mala cara y empiezas a reñirme. ¿Que no me riñes? Bueno, quizá no sea ésa tu intención, pero lo haces, por eso no te cuento más cosas. Me dices que tengo ojos de cordero degollado. ¿De dónde sacas esas comparaciones? Yo no estoy degollada, quizá un poco triste, pero el amor no es un camino de rosas. Qué le voy a hacer, cuando me llama y me dice "Ven" no puedo hacer otra cosa. ¿Que no vaya? ¿Y quedarme pensando qué hará y qué no hará, con quién andará, qué comerá, si es que come? ¿Que ya es mayorcito para comer solo? Tú no lo entiendes. No te rías o me iré. Ya sé que no te estás burlando, que eres mi amiga y que sólo a ti puedo contarte todo esto. No puedo decírselo a nadie más. Una vez leí que las relaciones extremas y difíciles son las que más enganchan, pero yo no me siento enganchada por eso. Tú crees que me gusta sufrir, y que por eso estoy tan colgada de Juan, pero no es eso. Uno no elige el amor, es el amor quien nos elige, y a mí me ha tocado éste, que no es tan malo como tú piensas. ¿Que te lo demuestre? ¿Y cómo se demuestra el amor si no eres tú quien lo siente? Tú no puedes entender lo que siento cuando se abraza a mí llorando a veces cuando llego, parece un crío, con lo alto y fuerte que es. Luego se le pasa y empieza a contarme mil cosas, todo lo que ha hecho, con quién ha estado, cuántos temas lleva ya estudiados... Es que tú no sabes lo duras que son esas oposiciones, si no se desahoga conmigo, ¿con quién va a hacerlo? ¿Quién va a ayudarle mejor que yo? No, no me estoy engañando, yo sé que me necesita tanto como yo a él, aunque seamos una pareja tan poco convencional. ¿Que no somos una pareja? ¿Y qué somos entonces? No, no estoy loca. ¿Por qué me dices eso? Qué sabrás tú... Perdona, sé que lo sabes, no quería decir eso. Es que somos muy distintas. Yo soy capaz de estar horas enteras viendo cómo estudia Juan, casi sin hacer nada, ni limpiar, por no hacer ruido que le moleste. Muchas mujeres han sacrificado su carrera y su vida por ayudar a sus maridos si eran importantes y necesitaban todo su apoyo. ¿Que son machistas? Qué cosas tienes. Y yo no lo soy tampoco, ni Juan, sólo es... especial. Mira, anoche preparó él la cena. No seas tan sarcástica, lo hace más veces. ¿Pero por qué te empeñas en ver sólo lo negativo? ¿Acaso tú estás siempre como unas castañuelas? Pues yo tampoco. ¿Que qué pasó hace tres días? Ah, eso... Bueno, fue una noche especial. No me hagas repetírtelo. Cuando llegué él estaba fatal. Sin decirme nada me arrastró hasta la cama. Hacía mucho que no le veía tan... eufórico. ¿Que si fue violento? No, qué va. Bueno, tampoco fue muy mimoso que digamos, pero yo ya estoy acostumbrada a sus desahogos. Hicimos el amor (a él no le gusta que lo diga así, es mucho más claro, no sabes qué cosas dice cuando está excitado, pero yo todavía me pongo colorada, no te rías) y luego... Luego me dijo que necesitaba estar solo y me fui a dormir al sofá. Me eché a llorar, claro, pero no insistí. Me levanté un par de veces para ver cómo estaba y allí seguía, durmiendo como un bebé. ¿Que por qué no le desperté a bofetadas? Pero qué bruta eres. Cuando conseguí dormirme ya era casi de día. A eso de las ocho se levantó, me dio un beso, me acarició la mejilla y me dijo que tenía que irse, que yo hiciera lo que quisiera y que ya me llamaría. Sí, como siempre, aunque te enfade tanto saberlo. ¿Que hasta cuándo voy a aguantar así? ¿Sabes tú cuánto tiempo vas a querer a Alberto? El amor no e suna inversión a plazo fijo, o te lo trabajas día a día o lo pierdes, y yo lucho por él cada hora, cada minuto. Porque yo le quiero, ¿sabes? Yo le quiero.

lunes, 8 de noviembre de 2010

UN LUNES CUALQUIERA




Lunes, ocho menos cuarto de la mañana. Suena el despertador. Sé que si no me levanto enseguida llegaré tarde, pero me vence la pereza. Me preparo el desayuno, recojo el periódico y el pan. Echo un vistazo a las noticias, que también suenan en la radio. Ecos y repercusiones de la visita del Papa (siempre la misma cantinela, con la Iglesia no puede ni Dios) y las mismas cansinas tertulias, la corrupción que no cesa, la crisis interminable, los ataques de unos contra otros repetidos, monótonos, vergonzosos, la gente normal y corriente harta de tanta ineptitud, de tanta mentira. Me ducho deprisa, me arreglo y salgo pitando, como siempre. Hoy hace frío, más de lo previsto. Nos habíamos acostumbrado a la primavera en otoño y el cielo gris nos recuerda que ya estamos en noviembre.
A la entrada del colegio se repite el atasco diario, coches mal aparcados que impiden el paso de los autocares. Una madre me habla brevemente de su hijo: si vuelve a portarse mal no va a la semana de la nieve. Subimos más o menos en fila. Deseo fervientemente encontrar la pizarra colgada y la estantería clavada a la pared. El miércoles instalaron una pizarra digital en mi clase y estuvimos dos días con la ancestral pizarra verde en el suelo, con el consiguiente riesgo, pues pesa lo indecible. Un alumno muy trasto se acercó a la estantería tambaleante y se le cayó encima toda la RAE en forma de diccionarios, sin consecuencias, por fortuna. Hoy ya han colocado ambas cosas, pero mi clase está hecha un desastre y sé que no tendré ni un minuto libre para colocarla.
Lengua a primera hora. Les reparto las redacciones corregidas y les escribo refranes sobre noviembre en la pizarra:
En noviembre, quien no tenga abrigo, que tiemble.
Por Todos los Santos, nieve en lo alto; por San Andrés, nieve en los pies.
Por Santa Catalina, la nieve se avecina.
En noviembre tu fuego enciende.
Del 20 de noviembre en adelante el invierno ya es constante.
Si en noviembre oyes que truena, la cosecha será buena.
Les mando unos ejercicios de ortografía. Alguno se fija en mi pañuelo, unas niñas dicen que huelo muy bien. No se les escapa una. Luego toca Estudio, ahora con el pomposo nombre de Alternativa a la Religión. Dieciocho criaturas con el libro de lectura, única actividad oficialmente permitida en esas preciosas dos horas completas semanales. Una compañera me sustituye para que podamos hablar mi compañero y yo con la psicóloga del SOEV sobre un alumno problemático. Llegó el año pasado, rebotado de un privado, y dio bastantes problemas. Se mostraba agresivo, decía muchos tacos, llegó a insultar gravemente a la profesora. No tenía amigos. Decidimos cambiarle de clase de modo provisional y parece que en la mía se encuentra más a gusto, se lleva mejor con los compañeros y trabaja más, así que vamos a seguir con esta medida hasta ver qué nuevos pasos da la psicóloga.
Mates, división por tres cifras, cálculo. Recreo, horror, el primer día de frío y me toca. Sopla un viento gélido que nos hace pensar que está nevando en la cercana sierra, ya nevada, preciosa. Ofrezco a los que pasan unos huesillos que hice el sábado, gustan a todos. "¡Qué ricos!" "¿Cómo los haces?" "Dame la receta". Una niña me ha dado también una caja de galletas Cuétara para los profes porque hoy es su cumpleaños. La empresa de comedor, además, nos ha hecho un bizcocho que les sale delicioso y unos pequeños emparedados fritos que desaparecen en cuestión de minutos. Se agradece el café calentito.
Ha vuelto María, de baja desde antes de la muerte de su padre. Está triste y más delgada. Blanca se encuentra mal pero no conseguimos que deje de vigilar el recreo. Son minutos siempre escasos para recados, saludos, intercambios... Reina el buen ambiente y la armonía, somos quizá una rara avis en la profesión, a tenor de lo que cuentan muchos.
Vuelta a clase, dos horas más. A las dos y media los alumnos han acabado, nosotros no. Algunos comemos en el colegio: judías verdes, pollo a la plancha, una especie de pastel de patata y champiñones, ensalada, fruta... A las tres y media, continuación del claustro de hace dos semanas, maldita sea, vuelta a hablar de la jornada única, que a todos nos tiene estresados y agotados. "Gracias" a la tabarra que están dando algunos padres nos la van a quitar quizá antes del final del trimestre, en cuanto acaben las obras de la ampliación del comedor. Consiguieron que hablaran de nosotros en la mismísima Asamblea de Madrid. Con la que está cayendo y se ocupan de un asunto tan particular, y además sin ningún rigor, con argumentos manidos e inexactos. Opiniones, informaciones, comunicados... Más de una hora para certificar que la enseñanza sólo preocupa realmente a los maestros: los políticos van a lo suyo (captar votos, ganar elecciones y justificarse), los padres se desentienden cada vez más (aumenta el número de padres y madres de niños de Infantil que reconocen que no pueden con sus hijos, manda narices, lo que hay que oír) y la sociedad nos sigue culpando de todos los males que nos acechan: vandalismo, botellón, falta de valores...
Tras el claustro, reunión Interciclo. Los profesores de 3º a 6º, más la PT y la Jefa de Estudios, debatimos sobre la conveniencia o no de entregar los exámenes a los alumnos para que se los lleven a casa. Finalmente decidimos dárselos corregidos para que los vean y comprueben los fallos, pero los guardaremos en el colegio. Si algún padre quiere verlos deberá pedir una tutoría.
También comenzamos a elaborar unos criterios básicos de evaluación para entregar a los padres, nada nuevo, pero conviene hacerlo constar por escrito.






La tarde es aún más fría y ventosa. Llego a casa casi a las seis, con ganas de descansar un poco, pero apenas me siento suena el teléfono. Maldita publicidad no solicitada, qué manía de soltar como una ametralladora ofertas ininteligibles. A veces cuelgo sin más, lo siento, sé que es una grosería pero no tengo tiempo ni ganas de discutir con alguien que sólo sabe recitar a piñón fijo unas consignas absurdas.
Luego me toca ir a comprar, horror, y recoger la cocina, hacer la cena... Mientras escribo veo a medias Syriana, que ya vi en cine, muy compleja y desmoralizadora, terriblemente realista. Qué mundo tan enrevesado, movido por la avaricia, los intereses cruzados, el ansia de poder. Menos mal que anuncian para el miércoles Irma la Dulce, una deliciosa comedia del genial Billy Wilder con una maravillosa Shirley McLaine en todo su esplendor y un magnífico Jack Lemmon. Es una de esas películas que siempre agrada volver a ver.


Así empieza mi semana, que preveo atareada, como todas. Martes y jueves, Pilates; sesión con el fisio también el jueves; el miércoles, presentación en Majadahonda del libro Querida Maestra, de mi entrañable colega Julia Resina. No pienso faltar. El viernes, por fin empieza un poco de respiro. Iré al cine, supongo. Últimamente he visto The Town y Caza a la espía, bastante recomendables ambas, más entretenida la primera. Ben Affleck ya va siendo un buen actor y mejor director además de seguir siendo guapo y Naomi Watts y Sean Penn son grandes figuras reconocidas por todos.
Encontraré algunos momentos para leer, ver alguna película, hablar con seres queridos, ocuparme de los míos, de mí... Seguiré entrando en clase dispuesta a compartir lo que sé con mis alumnos, guiándoles, ayudándoles. Me mantendré alerta, qué remedio, y acabaré cansada, pero feliz, porque sé que mi vida es ordenada a pesar de su aparente caos, satisfactoria, plena. Me siento afortunada por tener lo que tengo: un trabajo que me encanta, una familia maravillosa, amigos estupendos, ausencia de problemas garves de salud o económicos... Sería una ingrata si me quejara de algo. Por eso creo que debo dar a los demás algo de todo ello, aportar mi humilde labor para que algo a mi alrededor sea mejor, más agradable y llevadero. No sé si lo consigo, pero quiero creer que sí, que las buenas intenciones siempre recalan en algún puerto.
Feliz semana a todos.