y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará, nostálgico...
Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando.
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
Si la muerte pisa mi huerto... Es el comienzo de una canción de Serrat, tan apropiada hoy para contar que hace unas horas hemos enterrado a mi hermana Elena. Murió anoche, derrotada por una sucesión de malditas lesiones que comenzaron hace años con un terrible Hodgkin y han terminado con la inútil resistencia de su sufrido corazón, pasando por meningitis, una operación a vida o muerte hace justo tres años e incontables ingresos hospitalarios. Ya no podía más. Yo no llegué a verla consciente pero vi cómo fue perdiendo el último aliento. Una UCI es un lugar aséptico y frío pero increíblemente humano gracias a la labor de los excelentes profesionales que consiguen hacer más llevadero tan duro trance.
Marido, tres hijos, hermanos, cuñados, tíos, innumerables amigos y vecinos, fabulosos compañeros míos, todos nos hemos congregado en torno a su cuerpo ya derrotado para decirle adiós, un terrible adiós en una tarde fría y lluviosa a los pies de La Maliciosa, en el pueblo donde pasó gran parte de su vida. Creo que fue feliz. No fue nunca exigente, caprichosa ni ambiciosa. Tenía buen carácter, soportó sin quejarse las mil perrerías que le hicieron una y otra vez. Cada vez que estuvo ingresada me decía con resignación "otra vez aquí", en lo que se convirtió en una tremenda casi rutina periódica. Ya hemos dicho eso tan repetido eso de "por fin ha descansado", fórmula de dudoso consuelo, pero qué otra cosa se puede decir. Relatar una y otra vez el rápido final no supone ningún alivio, no aparta el dolor, ni siquiera es una explicación de lo ocurrido. Se acabó, se ha apagado otra vida en mi familia, y son ya tantos los que se han ido... Una tía mía decía amargamente que no es normal que haya visto irse a tres sobrinos, los tres más jóvenes que yo. Pero cómo rebelarse ante la muerte inmisericode, el destino trágico, el adiós temprano y siempre doloroso.
La liturgia establecida ha impedido celebrar una misa de funeral, ignoro los motivos. El responso me ha parecido frío e impersonal. Yo pensaba en las palabras tristes y tremendamente realistas de Juan Ramón, pero no he podido leerlas. Y es así como nos vamos, dejando atrás a los que nos quieren y nos recordarán. La vida seguirá, de otro modo, pero seguirá. Creo que el cariño no desaparece con ese adiós. No sabemos cómo llenaremos ese hueco, cómo sentirán su presencia Juan Pedro, su marido, Juanma, Silvia y Fernando, sus hijos, en su casa. Una madre deja un vacío irrellenable. No sé cómo evitar que se me escape alguna vez preguntar por ella, como aún pregunto por mi hermano Emilio o me sobresalto al ver a algún hombre que me recuerda a mi padre o al vislumbrar una cabeza totalmente cana como la de mi madre. Demasiadas ausencias, demasiados recuerdos. Haber visto la muerte tan de cerca no me impide recordar la vitalidad de los que se fueron, su sonrisa, su voz. He estado con ellos tantas veces por esas calles... No sé si la ausencia llega a ser soportable alguna vez, quizá simplemente nos acostumbremos a ella y aprendamos a vivir con ese hueco dentro de nosotros.
Ya descansáis juntos, papá, mamá, Elena. Allá donde estéis, velad por nosotros.
que preguntamos -retóricamente- por quién doblaban,
sabiendo demasiado bien la respuesta.
Ha llovidofuego sobre Nueva York, Tora-Bora, Gaza, Tel-Aviv.
Uno busca plumas y abanicos para espantar el humo de los incendios
y abrirle el ojo a la claridad por donde mirar más allá
de cráteres y ruinas.
Pero los bordes de la ciudad de los días por venir
son como espejismos que se alzan y se difuminan.
En la polvareda desaparecen las certidumbres,
igual que los perfiles de los rascacielos
que hace tan poco parecían llamados a sobrevivirnos.
En este paisaje quebrado donde las vidas quedan sobre la tierra
como caña de azúcar cortada antes de la miel o del ron,
los que permanecemos corremos a refugiarnos
en la roja palpitación de la única certidumbre segura y cálida:
el abrazo, el pecho de los que amamos.
GIOCONDA BELLI
Me ha costado mucho este año decidirme a escribir algo para estas fechas. No me parecía adecuado sucumbir a la ola que exige seguir como si nada (la realidad en cualquier calle, en cualquier centro comercial, en las familias es muy diferente), pero me parecía más oportuno que nunca reflexionar sobre lo que está ocurriendo precisamente estos días. No me apetecía hablar de las costumbres navideñas, ni en serio ni en broma. Todo me parece gris, deslucido, de plástico malo. Al final he recurrido a dos de mis refugios seguros: la poesía de Giconda Belli y la lúcida acidez de Mafalda.
No me atrevo a desear Feliz Año a nadie, ya lo hicimos hace doce meses y qué decir del resultado... Buenos deseos sí, los que hagan falta; la realidad y las posibilidades y empeño de cada uno dirán el resto.
Algún día, cuando alguien recuerde el día de hoy, 14 de noviembre de 2012, quizá pueda decir que fue un día clave en nuestra historia, un día que marcó un antes y un después en el desastroso y miserable rumbo que marca a fuego nuestras vidas desde hace tiempo. Ojalá sea el último en el que las calles de toda España se llenen de personas doloridas, indignadas, cabreadas, avergonzadas de nuestros políticos, hartas de tanto sacrificio que sólo beneficia a unos pocos con el pretexto mil veces repetido de hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, hemos vivido muy bien sin merecerlo, hay que reducir el déficit a toda costa, no podemos mantener a tanto vago... No ha sido el primero, pero sería un gran triunfo de todos que no hubiera más. Me gustaría ser optimista y creerlo, pero, ay, nada invita a la alegría, al contrario. He visto, como en la manifestación de julio, miles de personas (qué más da la cifra, éramos muchos, muchísimos, incontables) de toda clase y condición reclamando sus derechos, recordando a nuestros dirigentes que no somos sus lacayos, que no somos unos vagos, que se nutren de nuestro esfuerzo y viven muy bien gracias a nosotros, a lo que nos quitan vía unos ¿razonables? impuestos pero, sobre todo, a lo que nos roban de forma descarada. Gente que sufre el desempleo, el desahucio, el desamparo, la falta de oportunidades, el abandono de las instituciones, el desmantelamiento de unos servicios hasta hace nada modélicos y ejemplares, el empobrecimiento físico y moral de nuestra sociedad, la certidumbre de que el futuro de nuestros herederos (y el nuestro) será una mierda... Lo peor, con ser mala la situación económica, es la ideología que se esconde tras estas medidas que pretenden justificar como dolorosas pero necesarias. No me insulten más, por favor. ¿Dolorosas para quién? ¿Para los que disfrutan de unas dietas escandalosas aunque no vayan a su puesto de trabajo, cuando a mí me descuentan hasta la hora que empleo en ir al médico, me bajan el sueldo un mes sí y otro también y no sólo me quitan la paga mal llamada extra (a la que ellos, mis jefes, se comprometieron por ley) sino que además me obligan a cotizar por ella como si la cobrara? ¿Para los que viajan en coche oficial mientras yo sigo llenando las arcas estatales con los escandalosos impuestos de los combustibles? ¿Para los que se hacen la foto con los mandamases mundiales con sonrisa profidén mientras yo debo pagar aún más por las medicinas y la asistencia médica que ya he pagado? Estoy harta de oír es lo que hay, es una forma de justificar lo injustificable, de rendirse sin luchar, de resignarse. Yo cobraré menos en enero por haber hecho huelga hoy. Me dolerá, pero al menos nadie podrá decirme que no lo intenté, que no uní mi presencia a la de muchos miles que abarrotaron las calles en defensa de sus derechos, que no luché, que miré hacia otro lado cuando pintaban unos bastos así de gordos. Yo estuve allí, y volveré a estar si es necesario, junto a los médicos y los bomberos, los maestros y los albañiles, los carteros y los camareros, los estudiantes y los enfermeros... todos unidos, todos dispuestos a no dejarse pisar más. Tengo miedo, más que nunca en mi vida, y un pueblo acojonado es muy fácil de gobernar. Si algún ingenuo cree aún que éste es el camino de la recuperación, va listo. O luchamos o nos cortarán en cachitos, sin anestesia ni nada. A este paso, pronto no quedará nada que defender. Al tiempo...
En estos tiempos inciertos, dominados por esa omnipresente odiosa palabra que me niego a repetir, los maestros seguimos luchando por una enseñanza pública de calidad, al alcance de todos, sin limitaciones políticas o ideológicas, abierta y plural, con menos medios cada vez pero sin desfallecer ni dejar de intentar cumplir con nuestros objetivos. Se equivocan quienes piensan que somos acomodaticios y remolones, desganados, desmotivados o poco cumplidores. Nada más lejos de la realidad. Basta con darse una vuelta por nuestro colegio, el Santiago Apóstol, para comprobar nuestra intensa actividad, apenas mermada por las duras condiciones impuestas por las autoridades competentes. No podemos privar a nuestros alumnos (muchos, cada vez más, y más complicados en muchos casos) de experiencias que les enriquecen y ayudan a formarse. Hay un mundo ancho y diverso a su alcance más allá de los libros y nosotros consideramos indispensable este aspecto para configurar una enseñanza completa e imprescindible.
Las salidas extraescolares resultan siempre excitantes y atractivas, pero conllevan un trabajo de organización por parte de los profesores que pocos conocen. Conseguir realizar una excursión, por sencillo que parezca, exige llamadas telefónicas, envío de correos, búsqueda de información, elaboración de circulares, recogida de dinero y autorizaciones... Pero ahí estamos, ¡por fin!, los alumnos y profesores de 5º sentados en los autocares, un luminoso día de octubre, para visitar el Parque Europa en Torrejón de Ardoz, una idea fascinante. Consiste en ver de cerca reproducciones a escala de monumentos representativos de nuestra vieja Europa, cuna de la civilización occidental.El cine y la televisión nos muestran a menudo imágenes de la TorreEiffel, la Puerta de Brandenburgo, la figura de La Sirenita, la Fontana deTrevi o incluso nuestra archiconocida Puerta del Sol, pero pocos saben la historia de tales lugares, los secretos que ocultan o lo que representan. Puedes pasar cien veces por la Puerta de Alcalá sin reparar en la inscripción en latín que figura en ella o sin saber qué significan los leones o el cuerno de la abundancia que la rematan. Pues bien, nosotros ya lo sabemos gracias a Zoraida y Consuelo, dos estupendas guías que nos han llevado por gran parte de Europa de un modo atractivo y claro, contándonos el porqué de la forma de un teatro griego o cómo los vikingos, los auténticos descubridores de América, trasladaban sus famosos drakkars cuando finalizaban la travesía sin necesidad de grúas o poleas.
Somos poco conscientes de la historia que encierran estos monumentos. Cada uno merece ser contemplado y admirado como valores intemporales y en muchos casos hermosos. La parte del muro de Berlín, de trágico recuerdo para tantas personas que dejaron en él su vida y sus ansias de libertad (Nino Bravo lo cantó en su famosa canción Libre) poco tiene que ver con el magnífico David de Miguel Ángel, una de las más bellas esculturas de todos los tiempos, o con la Victoria de Samotracia, cuyas alas inspiraron el logotipo de una famosa marca deportiva. Y qué decir de la archifamosa Torre Eiffel, hoy símbolo indudable de París pero que a punto estuvo de ser derribada tras la Exposición Universal de 1889 porque algunos la consideraron poco estética. Y quién resiste la tentación de arrojar unas monedas a la Fontana de Trevi, la más visitada de Roma y escenario de una célebre película que muchos recordamos.
La pequeña Sirenita mira nostálgica hacia el mar, su casa, y recibe a los viajeros que llegan a Copenhague desde su roca. Buen momento para releer lo que sobre ella escribió Andersen... En otro país abierto también al mar, una curiosa figurita infantil encierra una historia poco conocida: es el Manneken Pis, símbolo de Bruselas junto con el Atomium, tan diferentes los dos y sin embargo unidos por un destino común. Y sin salir de los Países Bajos, los molinos holandeses encierran en sus aspas un eficaz medio de comunicación sin necesidad de satélites, teclas ni baterías, pero, eso sí, ¡con contraseña!
El puente de Van Gogh nos recuerda sus originales cuadros, tan bellos y tan apreciados hoy a pesar de que él murió en la miseria y sin conocer la gloria que merecía. Otro puente, el de la Torre de Londres, es una de las mejores muestras del espíritu británico: práctico, sólido y eficaz. Las construcciones centenarias parecen resistir mejor el paso del tiempo que las obras actuales. Aí están los teatros griegos y romanos, por ejemplo, cuya perfecta acústica nada tiene que envidiar a los modernos auditorios. O la torrede Belem, que sigue presidiendo la entrada a Lisboa tras siglos de impávida vigilancia.
La segunda parte de la visita, tras un necesario refrigerio, ha consistido en desplazarse por puentes tibetanos, tablas de surf y otros excitantes obstáculos que han puesto a prueba la habilidad y forma física de los chavales. Los arneses dan seguridad, pero resulta complicadillo aprender el buen uso de los mosquetones. Prueba superada sin problemas hasta llegar al plato fuerte: ¡la tirolina! ¡Yupi, qué divertido lanzarse por un cable a toda velocidad suspendidos en el aire! La llegada es algo brusca, pero emocionante.
Comer, jugar, divertirse, compartir, aprender, convivir en un entorno diferente... eso es lo que hemos hecho hoy. Ha sido una experiencia inolvidable que muchos querrán repetir. Estupenda idea para pasar un día en familia sin prisa y sin agobios. Animamos a todos a ponerla en práctica, seguro que les encanta.
En el autobús reina el alboroto. Quién dijo cansancio... Sería deseable algo más de tranquilidad, pero parece misión imposible. La excitación continúa. ¿Ha merecido la pena? Por supuesto que sí, para chicos y grandes. Ahora queda recordar y asimilar lo visto y oído, aprovechar la experiencia y valorarla.
Nuevo curso, nuevos alumnos, nuevos retos... Llevo sintiendo la misma inquietud, la misma expectación, quizá menos inseguridad y la misma fuerza que en septiembre de 1977 (santo cielo, cuánto tiempo...), cuando empecé mi andadura como maestra en Móstoles. Cada año es diferente, y éste pinta en principio muy difícil, no me atrevo a decir negro pero sí poco atractivo. Los nefastos recortes nos ahogan e indignan, digan lo que digan nuestros ínclitos dirigentes. Todos saldremos perdiendo y muchos profesores ni siquiera podrán pisar un aula, siendo tan necesarios. ¿Hay lugar para la esperanza? ¿Y qué otra cosa nos queda? Nos apoyaremos en los compañeros, intentaremos trabajar con menos medios sin perder la sonrisa (¿hasta cuándo?) y solventaremos como podamos los mil escollos administrativos (qué mal llevo la acumulación innecesaria de papeles, el exceso de justificantes, estadísticas, proyectos...) Para empezar este curso hemos elegido el tema del bosque, y ésta es mi humilde aportación literaria. Espero que os guste.
¡No podemos esperar más! ¡Van a acabar con todo! ¿Qué será lo siguiente? ¿El aire que respiramos, como dice Serrat? No sé qué podemos hacer que resulte eficaz, pero lo peor es resignarse. Ya hemos aguantado demasiado. Habrá que estar atentos a las movilizaciones o medidas que propongan quienes tienen poder de convocatoria, solos no conseguiremos nada.
Por fin pude ver ayer Los niños salvajes, la última película de Patricia Ferreira, premiada en el último festival de Málaga. Hace unos meses escuché la entrevista que le hicieron en A vivir que son dos días (qué pena que Montserrat Domínguez haya cambiado de aires...) y decidí que iría a verla. Me temo que ha tenido poca difusión y que la taquilla no ha acompañado los buenos augurios de la crítica, lamentablemente. Quizá muchos estén ya cansados del cine español que aborda problemas sociales, o de la Guerra Civil, o de la mala situación de la enseñanza pública, o de lo incomprendidos que están los adolescentes (aborrescentes, dice una colega mía)... El caso es que ni en las recién estrenadas vacaciones veraniegas consigo alejarme de lo que me atrae irremediablemente por mi profesión y por mis inquietudes e intereses.
Me dio pena ver el cine prácticamente vacío, aunque en estas fechas sólo los (sub)productos juveniles e infantiles, tan penosos generalmente, consiguen atraer a muchos espectadores. Qué lástima... Yo fui con una buena amiga y su hijo adolescente, de edad muy cercana a Gabi, Álex y Oki, los protagonistas de la película, y me asombró que no les gustara demasiado. Debería ser al contrario, dada su mayor cercanía al tema tratado. Mi hijo ya no es adolescente ni yo soy profesora de Secundaria, pero me sentí más implicada y conmocionada que ellos ante las imágenes que narran la historia de estos y otros chavales que pasan su vida entre las aulas cada vez más abarrotadas y problemáticas, los amigos, el ¿inevitable? botellón, la tecnología omnipresente y, desde luego, la familia, la verdadera piedra de toque de su existencia.
Confieso sentirme incapaz de dar clase a chavales de esta edad. Durante muchos años fui profesora de la extinta 2ª Etapa de EGB, lo que me proporcionó grandes satisfacciones, no pocos disgustos y, sobre todo, muchísimo trabajo cuyos frutos he recogido tiempo después al comprobar que aquellos alumnos casi nunca fáciles acabaron reconociendo y agradeciendo lo que hicimos por ellos. El resultado de esta labor nuestra se come no sé si frío, como la venganza, pero sí muy madurado, por lo tardío.
Hoy no sabría cómo empezar una clase dirigida a chicos más altos que yo, muchos malencarados, insolentes, críticos, aburridos por unas asignaturas en absoluto relacionadas con sus intereses, y al mismo tiempo inseguros, frágiles, temerosos sin dejar de ser osados y audaces, con ganas de cambiar el mundo, ese mundo que encarnan sus padres y profesores, injusto, duro y cruel.
El comentario más generalizado a la hora de hablar de adolescentes es que nohay quien los entienda. Se toma como una enfermedad inevitable pero afortunadamente pasajera (esa Edad Prohibida tan célebre en mi juventud, no sé ahora). En la película, los profesores representan los estereotipos intemporales: el hueso (Bacterio, típico mote, que provoca con su actitud una desafortunada respuesta de Álex), el tradicional (la mayoría, entre resignados e impotentes pero partidarios de la línea dura), y la única discordante, una joven orientadora que busca ayudar a los alumnos que llaman a su puerta, cada uno con varios problemas y con una acuciante necesidad de ser escuchados. Creo que ésa es la clave de la película: falta diálogo para comprender a los demás, sea adolescente o adulto, alumno o padre. Compartimos espacios, pero no nos comunicamos, sea por la prisa, el egoísmo, las diferencias particulares o la intransigencia. Excusa muy manida, lo sé, pero siempre actual y verídica.
La directora nos conduce a sentir simpatía por estos jóvenes, no especialmente problemáticos: no son drogadictos, no viven en barrios marginales, sus familias son normales... ¿Qué les lleva a intentar huir de todo eso, de sus hogares cómodos y aparentemente felices? La madre de Oki le prepara ensaladas de espinacas y tofu, pero ella se pirra por la pizza. Los padres de Álex intentan, sin éxito, sacar adelante un bar sin comprender que él siente pasión por los graffitis, que además se le dan francamente bien. El padre de Gabi es dueño de un gimnasio, chulo, prepotente y adúltero, muy exigente con su preparación física pero nulo como estimulante entrenador. Todos, cada uno a su estilo, les transmiten el mismo mensaje: la vida es dura, hay que trabajar mucho para forjarse un porvenir, déjate de tonterías y estudia, que es tu única obligación, a mí tampoco me apetece nada madrugar para ir cada día a ganar dinero... Paren el mundo que me bajo, piensan los chavales. No me gusta vuestro mundo, el tinglado que habéis montado, odio vuestra hipocresía, quiero otro ambiente, quiero viajar, irme lejos, huir de vuestras estúpidas exigencias... Lo que han pensado todos los adolescentes desde el principio de los tiempos, a buen seguro, pero hoy lo piensan cada vez más temprano y son más radicales. Seguramente tienen razón al cuestionar todo cuanto los adultos queremos inculcarles a toda costa. Yo tampoco estoy conforme con el dramático circo que hemos montado entre todos, y menos aún con la situación actual, errática e injusta como pocas, pero, ¿qué hago? ¿Qué puedo hacer? No puedo renunciar a mi trabajo fijo, aunque mi sueldo y mi prestigio estén por los suelos, ni a mi coche, ni a mi casa, ni a los caprichos que aún me puedo permitir, ni a los derechos que intentan arrebatarme en pocos meses tras años y años de lucha por conseguirlos... ¿Qué podemos enseñar a los adolescentes actuales? ¿Qué valores les transmitimos: que el dinero es el único dios, que el poder es lo que importa, que hay que cerrar puertas y fronteras para salvaguardar lo que nos queda, que ser bueno es ser tonto...? Lo más repetido hoy es esto es lo que hayy tal como están las cosas, y seguimos como si no pasara nada enseñando a Calderón, o ecuaciones de segundo grado o las leyes de Méndel. Que nuestro sistema educativo hace aguas por todas partes es evidente, pero no lo es menos que todos estamos acojonados, desorientados y cabreados, sea cual sea nuestra situación o trabajo. ¿O no?
Los quinceañeros de la película buscan otra cosa, otra vida, pero les cierran todas las salidas. Álex pierde la beca para estudiar dibujo en Ámsterdam, Gabi no puede participar en el campeonato de kickboxing y Oki toma una dramática decisión que cambiará su vida para siempre. El sistema los engulle, los aniquila, como a todos. No hay salida, o, si la hay, no está a su alcance.
Es una película nada complaciente, no busca sonrisas ni alabanzas gratuitas. Quiere despertar conciencias, mostrar una realidad que casi nadie quiere ver, alertar del peligro que corren los adolescentes incómodos. Lo de menos es que irrumpan en un centro comercial en plena noche para hacer una gamberrada o que se aburran en clase, como nos ha ocurrido a todos más veces de las que estamos dispuestos a reconocer. Lo realmente importante es cómo quieren vivir su vida, cómo quieren que sea el mundo que les rodea. Protestar por el apresurado contenido de un examen de Matemáticas es casi la obligación no escrita de cualquier estudiante, como lo es reclamar la independencia y el derecho a disponer del dinero de la cuenta bancaria para ayudar a un amigo. Que levante la mano quien no se sintió incomprendido en esos años (y es mucho suponer que lo sea ahora), quien no fue obediente y sumiso por obligación, quien no ha perpetuado los modelos familiares y sociales aprendidos desde la cuna... No sé si salvajes es el adjetivo más adecuado para definir a estos aborrescentes, pero tienen algo nuestro, algo de lo que fuimos y tal vez seguimos siendo. En absoluto quiero disculparles ni ser condescendiente. No son del todo inocentes, pero sí víctimas en gran medida. Son, desde luego, complejos, y no siguen un patrón único. Intentar generalizar siempre es peligroso e injusto.
Buscad la película y ya me contaréis si merece la pena o no. Felices vacaciones, en cualquier caso.