El invierno sigue su curso, frío y lluvioso como no recordábamos hace años. Nada como un café a media mañana para calentar un poco los ánimos y los cuerpos. Hoy además hemos tenido empanada y pasteles, cortesía de Pablo, nuestro secretario, por su cumpleaños. En este colegio no hay manera de guardar la línea. Ayer, chocolate con churros; otro día, torrijas, bizcocho, tarta... Se agradecen estos detalles que crean buen ambiente.Esta vez se refieren al calendario escolar. A ver si luego lo leo más despacio. Así por encima dicen, cómo no, que tenemos pocos días lectivos y las vacaciones mal repartidas. Ya sabemos que en el resto de Europa no es así, pero hay que contar con el clima de cada lugar. En Suiza pueden empezar las clases el 15 de agosto, aquí es impensable. Ya veremos en qué queda el debate. Si preguntan a los padres, la respuesta está clara: más días de clase y más horas cada día. Conciliar la vida familiar y laboral es cada vez más difícil, pero no creo que la solución sea tener a los niños doce horas en el colegio, como ocurre en algunos centros privados.
Las clases no son conflictivas, pero sí laboriosas. Hay pocos momentos de relax y cuando puedo les pongo música clásica para trabajar. Tengo alumnos majos y cariñosos en general, aunque su rendimiento académico no siempre es óptimo. Hay que ver lo que cuesta hacerles entender algunos conceptos. Intento trabajar mucho la expresión, la presentación de los trabajos y sobre todo la ortografía, que les cuesta mucho. Les gusta leer, especialmente en voz alta. Les encantan las dramatizaciones.
Durante los recreos juegan una liga de fútbol que a veces ocasiona algún problema por desacuerdo con los árbitros (qué raro, ¿verdad?) o por no aceptar perder. Son muy competitivos y se toman esta actividad poco menos que si fueran los Mundiales. Ya quisieran muchos futbolistas profesionales jugar con tanto interés.
A mediodía, reuniones, entrevistas con padres, claustros... Se nos acumulan los proyectos y los papeles. Tenemos una hora para comer, a veces ni eso. Nuestras cocineras son estupendas. Un café, algo de charla y otra vez a clase. Las tardes cunden muy poco. Son dos clases cortas a la hora de la siesta y se nota.
Los viernes solemos salir a comer a algún restaurante de la zona. Es un pequeño lujo que nos merecemos y aprovechamos para conversar con compañeros con los que a veces apenas coincidimos.
Cuando llego a casa necesito descansar un rato. Salgo agotada del colegio. Me gusta mi trabajo, pero los niños consumen una cantidad considerable de energía. Me quedo dormida sin mucho esfuerzo. Meriendo y me dedico a "mis labores". Cuando no hay que poner la lavadora hay que fregar el baño, o recoger la ropa, o comprar, hacer la cena (los días que libra mi marido se encarga él; ayer, revuelto de champiñones con salmón) y limpiar la cocina. Dos días a la semana me toca gimnasio, si no me vence la pereza. Los jueves tengo sesión de fisioterapia con Rubén, cuyas manos expertas movilizan mi hombro y distienden mis músculos. Es una gozada, un lujo necesario que recomiendo a todo el mundo (quien lo prueba, repite, fijo). Los viernes toca cine, como sabéis los que me seguís con cierta regularidad. Mañana no, esta vez voy al teatro con unos buenos colegas. Ya os contaré.
Me gusta ver alguna serie en televisión, sobre todo las policiacas (me encanta CSI), aunque admito que la calidad no es una constante. Siento perderme Los Soprano, por ejemplo, pero no tengo canales de pago. Me entretienen mucho El Hormiguero y Buenafuente, aunque rara vez me quedo hasta el final. El ordenador me consume mucho tiempo. Me gusta visitar otros blogs y escribir algún comentario. Es un mundo apasionante. Me acuesto demasiado tarde (malas costumbres) pero no lo hago sin practicar mis abluciones nocturnas. Disfruto con la cosmética, todo lo relativo a cremas, leches, tónicos, geles... me parece un placer. Más allá de la mera higiene hay un mundo (a veces demasiado caro y muchas veces excesivo) que invita a cuidarse y mimarse un poco. Hay buenos productos muy asequibles.
El día que consigo resolver un crucigrama es un auténtico extra. Me sirve para relajarme, mantener activas mis neuronas y repasar mi vocabulario. Normalmente empleamos un número bastante limitado de palabras y hay que dar un repaso de vez en cuando al archivo olvidado de la memoria. Antes de apagar la luz, un rato de lectura. Me gustaría que fuera más largo, pero me rinde el sueño y siempre duermo como un cesto. Será que tengo la conciencia tranquila.
Y así, más o menos, transcurre mi semana. Sábado y domingo son para el descanso, salvo excepciones. Creo que soy razonablemente feliz. Mi vida es tranquila, como veis. Procuro aprovechar los momentos de tranquilidad y disfrutar de esos pequeños placeres que suelen pasar inadvertidos. Deberíamos fijarnos más en ese paisaje que nos acompaña al trabajo, o saborear más el café, o deleitarnos con ese rayo de sol que estos días lucha por abrirse camino entre las nubes. Vivimos demasiado deprisa, quizá demasiado preocupados (a veces con razón, desde luego), sin apreciar todo lo bueno que nos rodea. Hay palabras hermosas que no utilizamos, personas a las que no dedicamos el tiempo necesario, libros que no leemos, placeres que nos negamos por falta de decisión... Quizá nos falte (todavía) aprender a vivir.



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