Por variadas razones que no voy a relataros para no cansaros he visto cuatro películas en el cine en estas dos últimas semanas. Os las voy a comentar de menos a más, según mi criterio, aunque dos de ellas tienen un cierto empate.
Ir al cine me relaja, me gusta estar un par de horas en una sala a oscuras frente a una gran pantalla que me cuenta historias de todo tipo, comiendo palomitas, eso sí. Me resulta fácil sumergirme en las películas, me dejo llevar y luego saco mis conclusiones. Unas veces más que otras disfruto con lo que veo.
Vi por fin la última de la trilogía Millenium, La reina en el palacio de las corrientes de aire, quizá la más floja y más lenta de las tres. Si la habéis leído ya sabréis por qué. Me entretuvo, sin más. Es correcta, como las otras, con la frialdad y la precisión de los nórdicos. Creo que la hicieron bastante deprisa para no coincidir con la versión americana, que es de suponer será más trepidante y más costosa. Termina la historia, se resuelven todos los enigmas. Lisbeth Salander por fin es libre y podrá disfrutar de su fortuna, pero sigue siendo incapaz de demostrar sus emociones, si es que las tiene. Con todo, es el personaje más fascinante de las novelas, que aparte del enorme éxito cosechado siguen rodeadas de elucubraciones de todo tipo sobre una supuesta cuarta parte y los líos legales que levantó la herencia. ¿Fin de la historia? Ya veremos.
Quise ver En tierra hostil antes de los Óscar, pero no pude. No me gusta ver una película sólo por haber recibido un premio, ésta ya tenía buenas críticas anteriores. Y las merece, desde luego. Está muy bien rodada, aunque algunos entendidos dicen que contiene errores estratégicos que no voy a desvelar por si acaso alguien no va avisado. Cuenta el día a día de un grupo de desactivadores de bombas en Irak, la guerra interminable, la mayor sinrazón de los últimos tiempos. Al principio se lee que la guerra es una droga, que genera tal cantidad de adrenalina que resulta adictiva, y viendo al protagonista se llega a creer que tal afirmación es cierta.
Para quienes no hemos cogido un arma, no hemos vestido uniforme y no hemos pisado un escenario bélico resulta incomprensible que alguien sienta atracción por las bombas, la destrucción, la muerte, y sin embargo parece que es así, como testimonian no pocos y se ha visto en otras películas. Recordad que en Apocalyse now el coronel pirado dice que le encanta el olor del napalm por las mañanas. Aquí los marines despiden testosterona a placer y buscan y desarman bombas allá donde es necesario. No se plantean lo que hacen, simplemente realizan su misión y ya está. Obedecen órdenes, acuden donde les llaman, realizan su trabajo y se van, suponiendo que la misión tenga éxito. Se pelean a puño limpio para descargar tensiones y uno de ellos colecciona restos de los artefactos que ha desactivado, restos de lo que pudo haberle matado en más de una ocasión. En el mismo lote mete su anillo de casado porque también resultó una trampa para él. Y, pudiendo quedarse en su casa, elige volver a Irak. Está enganchado. Para él es lo único que da sentido a su vida. Todos desean marcharse de ese infierno excepto él.
Aparece Ralph Fiennes en un breve papel. La guerra marca a todos. Hay largas esperas vigilando una casa en ruinas, esperando el ataque de un momento a otro. Las escenas son tensas, creíbles. Nada de almíbar ni de concesiones, no se adorna la dureza del conflicto, pero en ningún momento es cuestionado. Cero críticas. Es lo que hay y punto. Es la guerra en estado puro. Bombas traicioneras, enemigos inesperados, aliados sospechosos. La directora, Kathryn Bigelow, es la primera mujer que recibe un Óscar a la mejor dirección, ganándole la partida a su ex, el todopoderoso James Cameron. Claro que con lo que éste está ganando con Avatar lo de menos es la estatuilla, digo yo.
Algo anterior a ésta, muy publicitada también, Green Zone es otro punto de vista sobre el mismo conflicto (menudo eufemismo...) Aquí el brigada Miller (estupendo Matt Damon, como siempre) se pregunta por qué buscan una y otra vez armas de destrucción masiva en Irak siguiendo supuestos informes fidedignos y sólo encuentran fábricas de inodoros y cosas así. Y empieza a investigar. A estas alturas ya sabemos de sobra que las tales armas no existían, pero fueron la excusa que USA necesitaba para iniciar una guerra que les convenía y les conviene. Como ya sabéis del asunto tanto como yo, quizá mucho más, no insistiré.
El director es Paul Greengrass, que ya movió la cámara lo suyo en dos entregas de la saga Bourne. Eso es lo que domina: planos rápidos, buenas secuencias de acción, persecuciones, intriga, dos bandos en el mismo lado y enfrente Irak con graves problemas de subsistencia. Los soldados están supuestamente para ayudar, pero no son bien mirados y deben tener mucho cuidado. En la zona privilegiada que da nombre a la película contemplan atónitos cómo viven sus jefes, los políticos, CIA y demás, mientras ellos se juegan la vida ahí fuera. Greg Kinnear es el malo perfecto. Otros se cuestionan la veracidad de las informacones, pero la crítica es demasiado tibia, para mi gusto. El bueno hace su parte, pero no es suficiente. Siete años después de aquello todo sigue igual. USA puso como presidente a un títere que sirviera a sus intereses y allí siguen, muriendo y matando. Recordemos que, hasta la fecha, sólo ellos lanzaron bombas atómicas contra ciudades enemigas. ¿A quién hay que temer entonces?
Green Zone es una buena película de acción, cargada de buenas intenciones pero corta de resultados si buscas crítica a los motivos que desencadenaron la guerra. La realidad supera a la ficción, ahora y siempre. ¿Algún día acabará esto? Miles de artículos y estudios profundizan más en este espinoso tema, pero es más comercial una película bien rodada y con caras conocidas. A veces pedimos demasiado al cine, y nos olvidamos de que es, cada vez más, una industria al servicio del entretenimiento. Algunas películas del llamado cine independiente se permiten el lujo de meter el dedo en algunas llagas, pero son excepciones. Por cierto, en La 1 están poniendo En el valle de Elah, que muestra un aspecto mucho más humano y dolorido de esta maldita guerra. Es buena de verdad.

Y dejo para el final la que de verdad os recomiendo: El Concierto, bonita, emotiva, divertida y con una música de altura. Es una fábula bienintencionada sobre el empeño de lograr hacer realidad un sueño. El mejor director del Bolshoi es destituido en pleno concierto por negarse a aceptar que sean expulsados sus músicos judíos, víctimas de Breznev. Le relegan a un puesto de limpiador, pero en su interior sigue vivo el deseo de terminar ese concierto de Tchaikovsky que para él representa lo más sublime de su vida, su razón de ser.

Y como la ocasión la pintan calva, ve llegado el momento de su venganza cuando treinta años después lee un fax del teatro del Chatelet de París solicitando una actuación de la orquesta del Bolshoi para dentro de dos semanas. Ni corto ni perezoso se lo cuenta a su amigo Sacha, desposeído de su puesto de violonchelista y ahora conductor de ambulancias. Aunque le dice que es una locura acaba sucumbiendo a la disparatada idea de montar una orquesta que suplante en la mismísima Francia al buque insignia de la música rusa. Así empieza la comedia, las situaciones equívocas se suceden y la crítica política se mezcla con la risa. Se ven mítines del Partido Comunista con figurantes contratados, judíos haciendo negocio en cuanto se presenta la ocasión, gitanos falsificando sobre la marcha pasaportes en el aeropuerto ante las narices de la policía... Todo amable y simpático, con sátira bastante tópica aunque en el fondo subyace el desmoronamiento de lo que fue una gran potencia que ha dejado pobreza y desencanto en millones de personas, amén de nuevos ricos muy sospechosos y una mafia de lo más temible.
Para Andreï, el concierto es mucho más que la culminación de un deseo y el resarcimiento de una injusticia. Pide que actúe como solista la bella Anne-Marie (Mélanie Laurent, la judía de Malditos Bastardos, toda ojos, con un vestido precioso, por cierto) por motivos que se desvelan al final, en la escena cumbre de la película, en la que se escucha íntegro el concierto de Tchaikovsky, una auténtica delicia. Toda la banda sonora es un lujo, tengo que comprarla (porque debo aclarar que yo sigo comprando los discos que me interesan).

Según el director, el rumano Radu Milhaileanu, la película se basa en la suplantación de la personalidad para mostrar esa nueva cara de Rusia, con los comunistas nostálgicos por un lado y los nuevos capitalistas por otros, y en medio una gran cantidad de gente perdida y desorientada. Ese contraste es trágico y cómico a la vez.
La sala estaba llena y algunos aplaudimos al final. Fue como asistir a un concierto de verdad en un ambiente diferente. En los títulos de crédito vi que el concierto estaba interpretado por la Orquesta de Budapest, la misma que me deleitó en el Kursaal de San Sebastián en agosto, casualidades de la vida.

Y dejo para el final la que de verdad os recomiendo: El Concierto, bonita, emotiva, divertida y con una música de altura. Es una fábula bienintencionada sobre el empeño de lograr hacer realidad un sueño. El mejor director del Bolshoi es destituido en pleno concierto por negarse a aceptar que sean expulsados sus músicos judíos, víctimas de Breznev. Le relegan a un puesto de limpiador, pero en su interior sigue vivo el deseo de terminar ese concierto de Tchaikovsky que para él representa lo más sublime de su vida, su razón de ser.

Y como la ocasión la pintan calva, ve llegado el momento de su venganza cuando treinta años después lee un fax del teatro del Chatelet de París solicitando una actuación de la orquesta del Bolshoi para dentro de dos semanas. Ni corto ni perezoso se lo cuenta a su amigo Sacha, desposeído de su puesto de violonchelista y ahora conductor de ambulancias. Aunque le dice que es una locura acaba sucumbiendo a la disparatada idea de montar una orquesta que suplante en la mismísima Francia al buque insignia de la música rusa. Así empieza la comedia, las situaciones equívocas se suceden y la crítica política se mezcla con la risa. Se ven mítines del Partido Comunista con figurantes contratados, judíos haciendo negocio en cuanto se presenta la ocasión, gitanos falsificando sobre la marcha pasaportes en el aeropuerto ante las narices de la policía... Todo amable y simpático, con sátira bastante tópica aunque en el fondo subyace el desmoronamiento de lo que fue una gran potencia que ha dejado pobreza y desencanto en millones de personas, amén de nuevos ricos muy sospechosos y una mafia de lo más temible.
Para Andreï, el concierto es mucho más que la culminación de un deseo y el resarcimiento de una injusticia. Pide que actúe como solista la bella Anne-Marie (Mélanie Laurent, la judía de Malditos Bastardos, toda ojos, con un vestido precioso, por cierto) por motivos que se desvelan al final, en la escena cumbre de la película, en la que se escucha íntegro el concierto de Tchaikovsky, una auténtica delicia. Toda la banda sonora es un lujo, tengo que comprarla (porque debo aclarar que yo sigo comprando los discos que me interesan).
Según el director, el rumano Radu Milhaileanu, la película se basa en la suplantación de la personalidad para mostrar esa nueva cara de Rusia, con los comunistas nostálgicos por un lado y los nuevos capitalistas por otros, y en medio una gran cantidad de gente perdida y desorientada. Ese contraste es trágico y cómico a la vez.
En el concierto se palpa la relación entre el individuo y la colectividad: la solista se convierte en el alma de la orquesta y todos vibran al unísono en una interpretación sublime. Todos queremos mantener nuestra singularidad aunque deseemos vivir en un mundo más solidario, que respete nuestros derechos fundamentales sin renunciar al bien de todos. El concierto es una metáfora de la realidad: si el violín no toca bien la orquesta tampoco lo hace, y viceversa. Si no están compenetrados de nada sirve la maravillosa armonía que escribió Tchaikovsky.
En El Concierto el humor da respuesta al sufrimiento y las dificultades. Más allá de su tragedia, los protagonistas logran su sueño gracias al humor, la manifestación más hermosa de la energía vital.
La sala estaba llena y algunos aplaudimos al final. Fue como asistir a un concierto de verdad en un ambiente diferente. En los títulos de crédito vi que el concierto estaba interpretado por la Orquesta de Budapest, la misma que me deleitó en el Kursaal de San Sebastián en agosto, casualidades de la vida.Os recomiendo ir a ver El Concierto si queréis pasar un rato estupendo entre bromas y veras con una música fantástica de fondo. Seguro que os emocionáis como yo. Es muy bonita, no os arrepentiréis.
Para terminar, dos notas amargas: el miércoles operan a mi hermana y la recuperación se prevé larga y penosa. Su historial médico es muy complicado, lo que no le ha impedido tener tres hijos sanos y fuertes. Ojalá salga bien también de este trance.
Menos optimista es el diagnóstico de una buena colega, gran amiga y excelente maestra, aunque no aprobó las oposiciones. Varios tumores inoperables hacen presagiar un final no lejano y nada agradable. Ayer fui a verla y me acordé terriblemente de mi madre. Salí fatal del hospital y por eso fui al cine, en busca de algo de evasión. Maldita vida, maldita muerte...
A pesar de todo, feliz semana a todos, ya casi de vacaciones.









































