sábado, 30 de abril de 2011

PRUEBA

Probando, probando... ¿Qué pasa en la blogosfera? No puedo publicar desde hace unos días. A ver si ahora...

jueves, 28 de abril de 2011

WHERE IS LEO?

Hay duendes malignos haciendo de las suyas, estoy segura... Al grano: Dos estupendos colegas míos han filmado un vídeo de dos minutos de duración con alumnos de 5º para participar en un concurso de la Comunidad de Madrid que pretende potenciar el bilingüismo. Hay varios premios otorgados por el jurado, pero otro lo da el público con sus votos, así que necesitamos mucha difusión. Por alguna extraña razón en el enlace directo no se puede votar, hay que ir a la página principal: www.premiosmicrofilms.es En la página 8 de los participantes está el nuestro, titulado WHERE IS LEO? Debajo hay unas estrellitas para poder votar. ¡Echadnos una mano, por favor! Gracias mil.

domingo, 10 de abril de 2011

EN UN MUNDO MEJOR


En un mundo mejor es la película danesa que recibió el Óscar a la mejor película extranjera hace apenas un mes. Tenía muchas ganas de verla y no me ha decepcionado. Es dura y emotiva, como todas las de Susanne Bier, al menos las que yo he visto, especialmente Hermanos.

En un mundo mejor se muestra la violencia, el odio y la crueldad en dos lugares bien diferentes, Dinamarca y África. La fama de Dinamarca como país idílico y modélico cae por tierra aquí. Entre los daneses hay chavales matones y crueles y adultos violentos y fanfarrones como en cualquier otro lugar. En un campamento de refugiados en África ejerce su trabajo Anton, médico sensato y valiente, padre de dos hijos y a punto de separarse de su mujer por una infidelidad. Allí vive día a día la miseria, la enfermedad y el horror que provoca un jefe del lugar: uno de sus pasatiempos consiste en abrir el vientre de las embarazadas para ganar la apuesta sobre el sexo del bebé. Cuando acude al médico para que le cure una terrible herida en la pierna las enfermeras y el resto del personal se niegan a ayudarle, en justa venganza.

Elías, hijo mayor de Anton, sufre acoso en el colegio por ser sueco, por sus dientes, por esos detalles que otros chavales sin escrúpulos aprovechan para machacarle sin compasión hasta que aparece Christian, que se enfrenta al cabecilla sin piedad. Christian acaba de perder a su madre por un cáncer y no ha superado su rabia y su dolor. Mantiene una difícil relación con su padre, que sigue con su trabajo en Londres, por lo que él debe quedarse en casa de su abuela. La muerte de su madre le ha endurecido, no acepta la debilidad y comienza una escalada de violencia inusual en un niño de doce años hasta llegar a un suceso trágico pero no irreparable, por fortuna.

Elías se deja ayudar, aunque no comparte los sentimientos de venganza de su amigo. Piensa que ha de haber otra salida, pero la más rápida es, como muchos creen, pagar con la misma moneda. Por eso asisten atónitos y un tanto avergonzados a la pasividad de Anton cuando es atacado por un mecánico chulesco por una pelea de niños en el columpio. Anton no devuelve los golpes, decide marcharse con los niños, que esperaban otra reacción. Averiguan quién es y dónde trabaja el mecánico para planear un resarcimiento, pero Anton desbarata sus planes yendo a buscarle y diciéndole que no ha conseguido nada a pesar de sus golpes, que es un cobarde y que no vale la pena perder el tiempo con él. Los chicos no entienden nada y Christian empieza a pensar en una venganza de imprevisibles consecuencias.

La película va ganando en intensidad dramática y consigue emocionar y sobrecoger. Da miedo y pena la cara de Christian, que no sonríe ni una sola vez, frío y vengativo. Qué fácil es montar una bomba casera con las instrucciones que se encuentran en internet... Es verídico, no un invento de la directora. Es un chico que no consigue controlar sus emociones ni sus sentimientos porque quizá no se lo han enseñado, y la pérdida de su madre le descoloca por completo. Aflora su crueldad, que él considera justa, hasta que comprende que necesita ayuda.

Todos los personajes sufren, de uno u otro modo. Son vulnerables y atormentados, lo que los hace más cercanos y creíbles. La mujer de Anton no puede perdonar su infidelidad, pero siguen queriéndose. El padre de Christian no sabe cómo hablar con su hijo, siente que le está perdiendo a pesar de contarle la verdad sobre la muerte de su madre y cómo la soportó él mismo. Todos se ven envueltos por la misma tela de araña, en Dinamarca y en África. El dolor, la maldad y la violencia no conocen distancias ni fronteras. En cada sitio se manifiestan de manera diferente, pero en esencia son iguales, algo consustancial al ser humano, tan animal y tan primitivo como hace millones de años. No sé si entonces existía alguien como Anton, pero necesitamos muchos como él. La policía sólo soluciona una parte del problema, pero no lo ataja ni previene. Los profesores tampoco parece que acierten demasiado. Quienes conocemos bien a los chavales sabemos lo crueles que pueden llegar a ser, aunque algunos no lo crean. Lo que no es cierto es que nos quedemos de brazos cruzados ante una situación de violencia o acoso, al menos es lo que yo he vivido en más ocasiones de las que quisiera recordar. Es muy desagradable verse envuelto en problemas así, pero ocurren prácticamente todos los días. ¿Por qué es tan habitual la violencia entre niños pequeños que lo tienen todo? ¿Por qué insultan y pegan con tanta saña? ¿Por qué algunos padres se creen con derecho a atacarnos incluso físicamente sin ningún miramiento? Podemos equivocarnos, evidentemente, pero nada justifica reacciones tan desmesuradas. Con ejemplos así, ¿qué se puede esperar de los niños?

La película tiene un final esperanzador sin ser fácil ni sensiblera. Obliga, más que invita, a la reflexión a través de potentes imágenes y una fotografía fascinante. El reto es cómo manejar la violencia, cómo educar a los niños en un mundo dominado por ella, cómo escapar de la fácil y terrible ley del ojo por ojo. La directora ha sabido impregnarla de humanidad sin hacer concesiones fáciles. Es altamente recomendable, sin duda.

Feliz semana a todos.

sábado, 19 de marzo de 2011

PERIGEO

ROMANCE DE LA LUNA, LUNA

La luna vino a la fragua

con su polisón de nardos.

El niño la mira mira.

El niño la está mirando.

En el aire conmovido

mueve la luna sus brazos

y enseña, lúbrica y pura,

sus senos de duro estaño.

Huye luna, luna, luna.

Si vinieran los gitanos

harían con tu corazón

collares y anillos blancos.

Niño, déjame que baile.

Cuando vengan los gitanos

te encontrarán sobre el yunque

con los ojillos cerrados.

Huye luna, luna, luna,

que ya siento sus caballos.

Niño, déjame, no pises

mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba

tocando el tambor del llano.

Dentro de la fragua el niño

tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,

bronce y sueño, los gitanos.

Las cabezas levantadas

y los ojos entornados.

¡Cómo canta la zumaya,

ay cómo canta en el árbol!

Por el cielo va la luna

con un niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,

dando gritos los gitanos.

El aire la vela, vela.

El aire la está velando.

En una noche como ésta, presidida por una luna espléndida, enorme, brillante, suspendida en el cielo quieto en mágico equilibrio, las palabras de García Lorca son una opción siempre bella y musical. Poco más se puede añadir sin estropearlas. Disfrutad de la luna, de la noche y de la poesía.


martes, 1 de marzo de 2011

ESOS NIÑOS DEL CINE...

Apagados ya los ecos de los excesivamente publicitados Óscar de Hollywood (espectáculo llama a espectáculo), lejos de los modelitos lucidos por las estrellas y los discursos casi siempre previsibles, en una gala bastante plúmbea, según los críticos (yo sólo he visto pequeños cortes), sólo cabe alegrarse de los merecidos galardones obtenidos por la magnifica El discurso del Rey (¡no os la perdáis!) y alguno más: Toy Story (emocionante y sensible), Christian Bale (tengo ganas de ver The fighter), el más que cantado de Nathalie Portman (aún no he visto su Cisne Negro) y las muchas desilusiones, inevitables siempre. Pero bueno, todo forma parte del mismo circo, con más o menos fortuna.
Antes del día D fui a ver Valor de Ley, no sin cierta reticencia. No todo lo de los Coen me gusta y el western es un género difícil que ha dado maravillosas películas y terribles bodrios, cómo no. Yo vi la primera versión de ésta allá por 1970, quizá, cuando se estrenó. Con ella ganó el codiciado Óscar John Wayne, el Duque, el ídolo de mi padre. Encarnaba a un alguacil tuerto que ayuda a una insoportable Mattie (Kim Darby, de la que Wayne dijo que era "la peor actriz con la que había trabajado") a vengar la muerte de su padre. En esta nueva adaptación una portentosa Hailee Steinfeld se come a los tres machotes duros y curtidos encarnados por Jeff Bridges (qué bien está siempre este hombre), Matt Damon (nada de chico guapo aquí) y el malvado Josh Brolin. Mattie aquí es valiente, tozuda, intrépida, inteligente y hábil. Gracias a ella el malo paga sus culpas y otros no mejores que pasaban por allí se llevan también lo suyo. Hay cierta socarronería, propia de los Coen, dureza y cinismo. Me parece una película formalmente perfecta, idónea para recrearte en la fotografía, los detalles, los diálogos... Se merecía mejor suerte en el reparto de premios, pero qué se le va a hacer, la estatuilla sólo puede tener un ganador por categoría.
Por cierto, no sé si será debido a la publicidad de estos premios pero las tres últimas semanas he visto los centros que albergan salas de cine abarrotados, hasta los topes, como hacía tiempo que no veía, a pesar de la maldita crisis y del final de un mes siempre difícil. ¿O no será tanto como dicen? No entiendo nada, la verdad, pero me alegro de veras.
Por el contrario, Pa Negre fue la gran sorpresa de los Goya, versión hispana del circo americano. Fui a verla atraída por las críticas más que por el aluvión de premios. Temí que me desilusionara como me ocurrió con La Soledad hace un par de años, creo, pero sentí todo lo contrario: una sacudida desde la brutal escena inicial, un estremecimiento en varias más, una indignación creciente y un encogimiento del alma al ver a unos niños perder la inocencia por la maldad de sus mayores, arrastrados a la vergüenza y la miseria moral y física por la reciente guerra y el odio que germina con demasiada facilidad en el ser humano. Apenas hay bondad en esta historia de crímenes ocultos y venganzas crueles. El mundo rural catalán de la posguerra es mostrado en toda su crudeza. Hay amos ricos y egoístas, amparados por su poder para abusar de los campesinos que cuidan sus tierras, carentes de todo escrúpulo para desposeer de su fortuna al beneficiario legal. Pero no son mejores los perdedores de la contienda, aunque cobijados a veces por sus ideales, sobrepasados por la terrible realidad.
La historia se va desentrañando en sucesivas capas que encierran un misterio tras otro, un pasado oculto no sólo por la guerra sino por el odio, la injusticia y la intolerancia. No es otra película sobre nuestra maldita Guerra Civil, es un relato descarnado sobre la pérdida de la inocencia y la necesidad de expiar las culpas. El sexo ocupa un lugar destacado, es descubrimiento doloroso en los niños (terribles escenas) y opresión en los adultos, incapaces de escapar a su destino, arrastrados por el rencor y la crueldad. Ni los buenos resultan tan puros como parece en un principio ni los malos son tan terribles como en otras ocasiones, y eso que Sergi López da casi tanto miedo como en El laberinto del Fauno. Todos los actores están fabulosos, desde Nora Navas hasta Laia Marull y Eduard Fernández, pero destacan los niños, sobre todo Francesc Colomer, fantástico como el centro donde convergen otros personajes y a través de cuya mirada descubrimos secretos y traiciones, las mentiras que ocultan los adultos, incluso los más idealizados, empezando por su propio padre, al que adora hasta que... El gesto duro que muestra en el cartel anunciador es el perfecto resumen de la película: me habéis robado la inocencia, me habéis mentido, pero voy a construir mi futuro lejos de vosotros, sobre esas cenizas en las que habéis convertido los sueños y aspiraciones de tantos como yo, marcados para siempre.
Hay sordidez en esas casas oscuras y frías con puertas cerradas, fotos que esconden secretos y rincones casi sagrados. Los amos han huido y han dejado a muchos en la obligación de buscarse la vida criando pájaros o trabajando en fábricas. No hay nada idílico, incluso la naturaleza es dura y salvaje, como esos seres obligados a urdir una nueva mentira para tapar la anterior. Son crueles quizá sin posibilidad de escape. Todo parece confabularse para destruir cualquier esperanza, la oscuridad no es una metáfora sino una realidad opresiva de la que nadie puede escapar. Hay dolor y muerte, venganza, todo tan negro como ese pan que envenenaba las entrañas. No es algo exclusivo de la España de 1944, pero sigue siendo algo muy nuestro que a menudo se nos olvida. Y la memoria ha de servir para algo, para aprender y no repetir tan terribles errores. No soy partidaria de idealizar el pasado ni de falsificarlo para justificar equivocaciones antiguas o actuales, creo que por difícil que sea lograr la objetividad hay que saber que ciertos valores son intocables y que perseguir a los homosexuales, asesinar a los judíos, abusar de los más débiles y perseguir a los que piensan de manera diferente siempre está mal, lo haga quien lo haga.
Pa Negre es una película excelente que espero sea vista ahora por mucha gente gracias a la publicidad de los Goya merecidamente ganados. No es agradable de ver ni cómoda ni complaciente, pero resulta fascinante y altamente recomendable. Quizá me anime a leer la novela en la que está basada.
Aprovecho para recomendaros el comentario que he encontrado en www.jmbigas.blogspot.com sobre ella, es excelente y muy bien documentado.
Pasad estos días de frío lo mejor posible. Un saludo a todos.









domingo, 20 de febrero de 2011

CINCO HORAS ENTRE MUJERES

Un sobrio escritorio. Unas sillas. Un ataúd. Una iluminación discreta. Una mujer enlutada que estruja un pañuelo entre las manos, suspira y empieza un largo monólogo en el que da rienda suelta a sus sentimientos y recuerdos porque el difunto es su marido, Mario, fallecido durante la noche por un fulminante infarto. Con estos escasos mimbres Miguel Delibes escribió hace más de cuarenta años una obra estremecedora, novedosa, única. Aprovecha el personaje de Menchu, Carmen Sotillo, la viuda, para dar su visión de la España de aquellos años y los anteriores, los de la guerra y sus consecuencias.
La gran Lola Herrera se empeñó en convertir este texto denso y vigoroso en un monólogo teatral allá por 1979. La representó durante once años, que se dice pronto. En 1981 rodó Función de Noche con Josefina Molina. Alguien dijo de esta película que era el mejor desnudo del cine español. En ella Lola y su exmarido, Daniel Dicenta, conversan sobre su matrimonio, su ruptura, sus mutuos reproches. La vi entonces y me asombra recordar tantos detalles: cómo confiesa que fingía los orgasmos (algo que ofende muchísimo a su marido), su intención de operarse los pechos hasta que su amiga Juana Ginzo (grandísima actriz radiofónica) la disuade, la ilusión por adecentar una casa en un pueblo... Se intercalan algunas escenas de Cinco horas con Mario, obra que entonces interpretaba y que le provocó una profunda crisis personal porque se resistía a aceptar que había en ella más de Carmen Sotillo de lo que estaba dispuesta a admitir.
El libro está entre los más importantes de Delibes, pero la versión teatral quedó dormida durante años hasta que la misma Josefina Molina ha vuelto a ponerla en pie con una nueva intérprete, Natalia Millán, más conocida por sus papeles musicales que por los dramáticos. Su interpretación es maravillosa, perfecta. Presta al personaje una dicción más rápida, mayor inflexión en los pasajes con cierta jocosidad y una soltura envidiable, de todo punto necesaria para sostener en solitario un monólogo que va de lo dramático a lo anecdótico, del dolor al reproche, del conformismo a la confesión. Para el público más joven resultará difícil entender el tipo de mujer que representa Menchu: clasista, tradicional, machista, escandalizada por las ideas más progresistas de su marido, que comprendía a las prostitutas y cuestionaba la autoridad de un guardia civil, por ejemplo, iba al trabajo en bicicleta y renunciaba a prebendas por defender su integridad. Ella no entendía su falta de ambición, le echa en cara haber renunciado a ciertos trabajos por defender sus ideas y no haber cedido a su capricho de tener al menos un seiscientos, que en aquella época lo tenían hasta las porteras. Carmen pertenece a una familia algo venida a menos pero con ciertos delirios de grandeza, como los antiguos hidalgos. Dice en varias ocasiones que dejó pasar la oportunidad de casarse con un hombre de futuro más prometedor al que vuelve a ver casualmente veinticinco años más tarde al volante de un flamante Tiburón rojo. Está a punto d etener un desliz pero asegura que no pasó nada, nada.
Carmen se desahoga en esa noche ante su marido de cuerpo presente. Su matrimonio no ha sido feliz, como tantos otros, sostenido por el inviolable sacramento y la presión social, que en aquella época tenía una fuerza hoy incomprensible. Es una mujer que no ve con buenos ojos que otras estudien, a ver para qué lo necesitan. Con saber andar erguida, mantener un buen aspecto y desenvolverse con soltura en público cumplen de sobra. Se refiere en varias ocasiones a su madre, todavía más tradicional, que la educa en ese modelo de mujer sumisa, descanso del guerrero y ama y señora en ciertas cuestiones, siempre a la sombra del varón. El papel duro es para ellas, ellos descansan cuando les echan las bendiciones: se aseguran tranquilidad en el hogar y fidelidad de por vida. Se queja, sin embargo, de la falta de pasión de Mario, que en la noche de bodas ni siquiera mostró interés carnal por ella. Sabe que otros aún la admiran y piropean, pese a haber tenido cinco hijos.
Justifica la existencia de los pobres porque gracias a ellos existe la caridad. Argumentos como éste resultan hoy realmente chocantes, como otras de sus ideas. No entiende que su hijo mayor no quiera ponerse de luto, una tradición de fuerte arraigo durante siglos. Bien que lo contó Lorca en La casa de Bernarda Alba.
Los largos aplausos premiaron el esfuerzo de Natalia Millán. Es de suponer que se mantenga largo tiempo en cartel para que muchos puedan disfrutar de esta gran obra y comprender o recordar cómo éramos no hace tantos años. Es una buena ocasión para revisar un clásico moderno. Delibes murió sin recibir el Nobel, algo que muchos nunca entenderemos.
Una cena tranquila remató deliciosamente nuestra salida. Éramos cuatro mujeres unidas por nuestra pasión por la enseñanza, preocupadas por los vaivenes del mundo actual y buenos ejemplos de mujeres preparadas y trabajadoras, nada que ver con ese arquetipo que acabábamos de ver. Las mujeres podemos ser las mayores aliadas o las peores enemigas con respecto a otras. Nadie comprende a una mujer mejor que otra mujer, pero por lo mismo llegamos a veces a hacer un daño considerable. No es nuestro caso, afortunadamente. Se siente una tan bien pudiendo ser sincera, hablando de los temas más diversos, desgranando confidencias y recuerdos, proyectos, sin caer en los tópicos que se siguen empeñando en adjudicarnos cortedad de ideas y pobreza de miras. Qué poco nos conocen... Gracias por tan estupenda noche, Blanca, Concha y Charo.




miércoles, 9 de febrero de 2011

AMADO/ODIADO CUERPO

Las mujeres tenemos una relación ambigua con nuestro cuerpo. Lo cuidamos y mimamos hasta el exceso y, sin embargo, nunca nos sentimos satisfechas con él. Muy pocas se quejan de la falta de peso, lo normal es sufrir por su exceso, sea real o no. Siempre he dicho que en la maldición bíblica que condena al hombre a trabajar y a la mujer a parir con dolor tras la expulsión del paraíso falta añadir: "Y te pasarás toda tu vida a régimen". ¿O no es una cruz sufrir desde la infancia la tiranía de los kilos, el vello, las arrugas, la falta de agilidad y elasticidad, la pérdida de atractivo y demás atributos "femeninos"? Nos enseñan desde la cuna a ser atractivas, a pasar horas delante del espejo, a sacrificarnos para mantener un aspecto lozano aun en las situaciones más adversas. Si hay que pasar frío, se pasa, pero lucimos a toda costa ese vestido de tirantes que pensamos nos hará ser el blanco de todas las miradas. No importa el sacrificio de renunciar a nuestros manjares preferidos, somos esclavas de la lechuga y el queso desnatado con tal de seguir poniéndonos esos vaqueros ajustados que significan nuestro poderío físico.

Pasados los cincuenta, incluso antes, es prácticamente imposible estar "divina de la muerte", salvo excepciones que jamás confesarán cómo consiguen ese aspecto envidiable, pero el resto de las mortales sabemos que los músculos pierden elasticidad y fuerza con cada cumpleaños, que la piel se apaga y arruga, que los huesos se vuelven más frágiles y que nuestro amado/odiado cuerpo cambia irremediablemente. Cuesta aceptarlo, y hay quien no lo hace, por eso resulta patético ver mujeres maduras empeñadas en aparentar tener veinte o treinta años menos.

Por si no fuera poca desgracia asumir la caída de la carne, hace falta mucho más dinero para encontrar ropa que nos siente bien. Con veinte años y cincuenta kilos lucimos estupendamente las camisetas baratas de Carrefour y los bikinis tres por dos de las rebajas; dos décadas y varios kilos más tarde hemos de recurrir a buenas hechuras que cuestan bastantes euros para estar guapas. Es cierto que a más edad suele corresponder mayor poder adquisitivo, pero muchas tiendas no se han enterado y siguen poniendo a veinteañeras inexpertas (escuálidas, por supuesto) a despacharnos, por lo que sus miradas despectivas y sus comentarios ("No tenemos tallas mayores") nos sientan como un tiro. Carentes de sensibilidad y no digamos de empatía, nos hacen sentirnos gordas y viejas por no poder embutirnos en una 38. Hay marcas de alta costura y lencería que no fabrican tallas grandes (omito los nombres para no hacerles propaganda), así que, por mí, les pueden ir dando. Ellos se lo pierden. Por eso me alegro de haber encontrado a Isabel, una dependienta encantadora que sabe lo que queremos y necesitamos las mujeres entradas en años y en kilos. Paradójicamente, me ha contado en alguna ocasión que las poseedoras de un cuerpo delgado son más impertinentes y exigentes. La creo, desde luego. Dice que nosotras somos más alegres, estamos más satisfechas, somos más agradecidas. La mayoría trabajamos, lo que significa que no tenemos mucho tiempo para arreglarnos y por eso buscamos ropa práctica y cómoda, amén de bonita, que la hay, por suerte. Hace no muchos años las mujeres de "cierta edad" estaban condenadas a lucir tejidos oscuros y cortes austeros nada favorecedores; hoy la variedad es infinita y podemos llegar al trabajo arregladas y espléndidas sin tener que pasar horas ante el espejo y habiendo empleado un presupuesto moderado.

Hoy nadie duda de la importancia del ejercicio físico para estar bien a cualquier edad. Cuando yo estudiaba Bachillerato la asignatura en cuestión se llamaba Gimnasia y era impartida por profesoras de la Sección Femenina que jamás se pusieron chándal y zapatillas. Daban órdenes sin apenas mover un músculo. Nosotras debíamos llevar unos odiosos pololos bajo la falda, qué ridiculez, por Dios, y qué incomodidad. Nos desplegábamos estilo militar y hacíamos unos ejercicios tontorrones que en nada se parecían a lo que hoy se practica en cualquier clase de Educación Física y no digamos en un gimnasio. Yo pisé uno por primera vez a los treinta y siete años, y sigo acudiendo a él regularmente, aunque tengo épocas de alejamiento y dejadez por diversas circunstancias. Así descubrí que tengo cantidad de músculos cuya existencia desconocía hasta que empezaron a dolerme, y aprendí que se llaman cuádriceps, gemelos, tríceps, abdominales inferiores, y una larga lista que ríete tú de la asignatura de Anatomía. Hay que trabajarlos y estirarlos, moldearlos y sentir cómo se van volviendo más flexibles con el ejercicio continuado. Tras una buena clase (no todas lo son, al menos no para mí) y, si puedes, una ducha, te sientes como nueva, más ágil, más fresca, más joven.
A lo que no consigo acostumbrarme es a la música machacona que muchos monitores adoran, nunca he entendido por qué. La ponen a todo trapo, además, se supone que para animar a la gente, porque su mayor felicidad es sudar como cochinos. Si no, no tienen sensación de estar machacándose. Y claro, venga a dar saltitos, giros, subidas al step, levantamiento de pesas, abdominales inhumanos... A muchos les encanta el spinning, qué suplicio... Yo lo odio. Ahora me gusta el Pilates, que de suave no tiene nada, pero al menos lleva otro ritmo, nada de saltos, y la música es muy agradable. He aprendido a manejar con cierta soltura el fitball, esa pelota enorme que sirve para hacer cantidad de ejercicios como quien no quiere la cosa, pero de inocente no tiene nada. Al final Virginia, la monitora, nos deja unos minutos para relajarnos, una delicia. Me admira su cuerpo, trabajado y flexible, una meta inalcanzable para mí. Claro, nuestros respectivos resultados van en relación directamente proporcional al tiempo que dedicamos al ejercicio, y eso tiene poco remedio, pero bueno, mi meta no es ésa, sino encontrarme razonablemente bien y tratar de paliar mis dolencias. Miro de reojo a mis compañeros de sudores y pienso cómo demonios llegan a doblarse de esa manera, yo cada vez tengo más lejos los pies, y no porque haya crecido precisamente.
Me gusta pasear al aire libre siempre que puedo, correr un poco, hacer algún ejercicio... Según los médicos, eso es suficiente para estar en forma y mantener la tensión en su sitio, que es lo que yo necesito. Pero debo confesar que lo practico poco, sobre todo en invierno, con los días tan cortos. Ahora que van alargándose es más fácil encontrar un rato para salir y disfrutar.
Lo que tengo pendiente, y me temo que nunca haré, es emprender el Camino de Santiago, pero a lo señorito, que ya estoy muy mayor para andar treinta kilómetros al día con una mochila a la espalda y dormir en albergues. Sé que debe hacerse así, pero yo quiero tomármelo con más relajo, como dicen los canarios. Iría con un coche de apoyo para no cargar con toda la impedimenta y poder descansar cada tres o cuatro días, en un hotel, por supuesto, para echar un sueñecito después de comer. No quiero hacer un viaje iniciático, quiero disfrutar sin machacarme más de lo necesario. Algún día... El otro día escuché por la radio la aventura de dos españoles que tras hacer el Camino al estilo clásico se lanzaron a irse nada menos que hasta Jerusalén, hala, a la vuelta de la esquina, como quien dice... Han recogido su aventura de diez meses en un libro, pero no recuerdo el título.
Por cierto, hoy en el suplemento de El País publican un reportaje sobre Sofía Loren en el que aparece espléndida, maravillosa a sus 76 años, lo que me hace sospechar que las fotos han sido muy retocadas y que ha costado horas y horas conseguir ese peinado, el maquillaje, los modelos que luce... Todos sabemos que vistas al natural ninguna de esas diosas supera la prueba del algodón. El mérito está en madrugar, trabajar, llevar a los niños al colegio, ir a la compra, cocinar, limpiar, poner la lavadora, fregar... y estar hecha un pincel, encima. ¡Anda ya! Eso sí, no renuncio a mi hora semanal con Rubén, mi maravilloso fisioterapeuta desde hace años. Moviliza mis maltrechos hombros y brazos, relaja mi contracturada espalda, aplica técnicas cuasi milagrosas allí donde lo necesito sin necesidad de preguntarme porque lo sabe mucho mejor que yo. En su caso juventud y experiencia forman un equipo insuperable.
Querido y odiado cuerpo, el que sostiene nuestros pensamientos tanto como nuestros pasos, el que nos pone en contacto con los demás y nos proporciona deleites relacionados con la comida, la bebida, la música, la pintura, la naturaleza... Intentaré hacerte más caso sin esperar a que protestes y tratarte (tratarme) mejor cada día.
Feliz semana a todos.