jueves, 16 de octubre de 2008

Nunc coepi (Ahora empiezo)

Me llamo Yolanda, como podéis ver en mi dirección. Me confieso una maestra feliz, aunque esté mal decirlo en estos tiempos de crisis, zozobra y desconfianza. Llevo trabajando más de treinta años, que se dice pronto, siempre en la enseñanza pública, en la que creo y a la que defiendo con todas las armas a mi alcance. Me encanta mi trabajo, siempre me ha gustado, aunque he pasado por etapas nada idílicas, pero siempre apasionantes. He trabajado en Móstoles, Parla, Majadahonda y Villanueva de la Cañada. No me he movido mucho, como veis, he tenido suerte con mis destinos. Hice Magisterio en Burgos, mi ciudad natal, y Madrid. Aprobé la oposición a la primera, en aquella época no es que fuera fácil, pero había muchas plazas. Viví en el Sahara español, en El Aaiún, desde 1965 hasta 1973, época de la salida de España de aquel territorio. Como sobre eso hay tantas opiniones diferentes no diré nada, al menos de momento. Mi padre era militar y me inculcó el respeto a la autoridad, disciplina y el valor del esfuerzo. Soy la mayor de seis hermanos y muy pronto aprendí a cocinar, que me encanta, y a cuidar de ellos. Me vendrá de ahí la vocación, no sé.
Rarezas de la vida, mi primer trabajo fue en una agencia de viajes y luego en Iberia, previa oposición también. Sólo tenía 16 años, pero seguí estudiando hasta acabar COU (el años de su implantación, anda que no hace años...) y cuando me echaron (entonces me sentó como un tiro, luego me alegré del giro que dio mi vida) empecé Magisterio.
Me casé a los 30 años y tengo un hijo de 21, encantador. También va a ser maestro, no sabe dónde se mete, pero yo no he influido en él de ningún modo, aunque creo que será buen maestro porque es una persona excelente. Mi marido es taxista y es un encanto, cocina de maravilla y lo mejor que puedo decir en su favor es que con él me siento libre. Otro día os contaré cómo nos conocimos, es una historia de lo más pintoresco.
Me encanta leer (ahora estoy con Los hombres que no amaban a las mujeres, que me tiene enganchada), escribir (se me da bien contar lo que siento y pienso, pero soy poco creativa),pasear, hacer crucigramas (es un lujo que me permito sobre todo en verano), las series policiacas e ir al cine, entre otras cosas. Al cine voy los viernes, sola y con palomitas. Me encanta ese rato a oscuras en una sala metida en una historia que suele gustarme, aunque elijo las películas en función de mi apetencia del día, o de las críticas. A veces me apetece una comedia (aunque escasean las buenas), otras un drama y otras simplemente una buena historia. La verdad es que a veces mis expectativas se ven defraudadas, pero normalmente disfruto con lo que veo. No es que no sea exigente, es que sé a lo que voy y lo que espero.
El título de la entrada de hoy está cogido de un libro que leí hace muchos años, La vida sale al encuentro, de aquéllos que por entonces llenaban mi tiempo y mi cabeza de ideas que más tarde comprobé totalmente equivocadas. Pero no temáis, no voy de erudita ni nada por el estilo. Simplemente se me ha ocurrido y ya está.
Lo de maestra feliz es cierto. Disfruto mucho con lo que hago. Lo que son las cosas, al cabo de tantos años he descubierto el placer de acompañar a un niño en sus primeros pasos en lectoescritura, un trabajo que otros odian porque requiere mucha paciencia y no siempre es reconocido. En enseñanza, a menor edad del alumno, más mérito del profesor, más trabajo y más valor. No hay ninguna etapa fácil, lo que ocurre es que no todos valemos para todo. Hay profesores de IES maravillosos que en Primaria no sabrían qué hacer y viceversa. Ya os iré contando hitorias de mis alumnos.
Ahora estamos preparando el dichoso Halloween, al que mal rayo parta, y eso que soy profesora de inglés, pero me parece que nos hemos dejado invadir por una tradición que nos es ajena y extraña. A ver por qué tenemos que aguantar esas pandillas de chavales disfrazados de monstruitos que nos asaltan pidiendo truco o trato, si apenas nadie en España sabe qué demonios significa eso. Todos los años tengo que soportar que bandas de vándalos estrellen huevos contra mi coche o contra mi casa, entre otras lindezas. No hago más que repetir, llegadas estas fechas, que teniendo los huesos de santo, los de San Expedito, el Tenorio (que releo casi cada año) y tantas historias de ánimas no tenemos ninguna necesidad de recurrir a costumbres de otras culturas, respetables, desde luego, pero lejanas en el tiempo y en el espacio. Me encanta el inglés, pero no me atrae en absoluto vivir sus costumbres hasta ese punto. Pérez Reverte lo cuenta estupendamente en un artículo de hace años titulado Sus muertos más frescos. Si lo buscáis en Google lo encontraréis.
Como dato curioso os diré que hace un par de años les conté a mis alumnos algunas cosas sobre la tradición del Día de Difuntos en España y les dije que no podíamos hacer en clase (entonces teníamos un taller de cocina que nos encantaba a todos) ninguno de esos dulces, pero que si alguno se sentía generoso podía obsequiarnos con ellos, y, efectivamente, al cabo de dos días se presentó una niña con un montóan de huesos de San Expedito hechos por su madre con su ayuda. Eso sí, los tenía hasta contados: dos para cada compañero y tres para los profes. Todo un detalle.
Otro día, más. Un saludo a todos.

6 comentarios:

Joselu dijo...

Un buen comienzo con un autorretrato de maestra casi adolescente por su ilusión y sus ganas de luchar con esos diablillos que se inician en el inglés. Me has hecho pensar cuando has citado el libro de Martín Vigil, La vida sale al encuentro que yo también leí, y recuerdo que casi lloré cuando la muerte de Cheche. Por lo demás lo he olvidado, pero lo evoco como muy angustioso y dramático desde un punto de vista cristiano que se quedó muy atrás. Bienvenida al mundo de la blogosfera. Te has lanzado a navegar y pronto hincharás tus velas rumbo a mares abiertos y apasionanantes. Un abrazo.

Encarna Barrio dijo...

Espero ponerme en contacto contigo por este medio.Veo que te has animado con el blog.Seguiré leyendo lo que escribas.Un besazo

Mar_inf dijo...

Enhobuena. Me encanta el título: una maestra feliz. Yo me considero igual(y espero que por mucho años,jejeje), a pesar de las trabas que le van poniendo a una. Un fuerte abrazo.

amalia dijo...

Hola wapa.......... soy una de las que pueden presumir que te conocen ya que he trabajado contigo dos maravillosos años. Soy majariega de adopción y mi nombre empieza por A. Me han encantado tus palabras, como siempre estás sembrada...jejeje.
Yo también quiero seguir siendo una maestra feliz hasta que me llegue el momento de jubilarme. Me encanta lo que hago y, ahora que he pasado a primaria, siento que estoy en una etapa nueva de mi vida, en una etapa más madura e interesante y fascinante.
Mucha suerte en esta nueva andadura.... sabes que lo bordarás como siempre.
No sé si has leido "El monje que vendió su Ferrari"...... a mí me dejó una gran paz interior y cosas por descubrir en mí misma.
Muchos besos wapa y hasta la próxima.

Antonio dijo...

Hola, Yolanda. Gracias por tu visita y comentario a mi blog. Coincidimos en muchas cosas: también di clases en Móstoles, en un colegio privado y tampoco yo pude parar de leer la novela de Stieg Larsson.
Espero que nos leamos a partir de ahora.
Un saludo.

Carlota Bloom dijo...

Del blog de Joselu he llegado al tuyo. Compartimos profesión y amor por el cine, aunque yo no voy tanto como tú (mis hijos son aún pequeños y veo, sobre todo, películas infantiles)aunque al teatro sí que me escapo más. Me ha gustado mucho tu entrada sobre "Déjame entrar": ya me llamó la ateción la crítica del periódico, pero tu opinión y la de Joselu me han acabado de convencer. ¡Un placer!