martes, 30 de diciembre de 2008


Acabo de ver en la tele dos películas de dibujos animados, Aladdin y Pocahontas. Qué hacía yo viendo películas infantiles, os preguntaréis. ¿Acaso recordaba mi infancia? ¿O era pereza porque tampoco había nada más apetecible en el horizonte catódico? No lo sé, pero con las primeras imágenes de Aladdin me he trasladado a aquellas Navidades en las que mi hijo tenía cinco años y la vimos juntos al término de la Cabalgata de Reyes. Después cenamos en el Burger. Eso lo hicimos hasta que su edad le quitó esa parte de inocencia y ya no fuimos a más cabalgatas. Qué pena. El tiempo se lleva tanto por delante... Pero, ¿por qué sentir pena? ¿Por qué no alegrarse de la felicidad pasada? Hoy mi hijo es un joven feliz y trabajador a punto de terminar Magisterio. Apenas recuerda esos episodios de su infancia pero yo estuve ahí con él. El tiempo dedicado a los hijos es el mejor empleado del mundo.
Estas Navidades son bien distintas. Miles de niños mucho menos afortunados que mi hijo y tantos otros viven aterrorizados bajo la amenaza de los bombardeos israelíes. Nadie parece realmente interesado en poner fin a tan largo e injusto conflicto. Unos y otros esgrimen sus razones para continuar con la guerra y el resto del mundo se limita a emitir comunicados de condena y bla, bla, bla. Mueren inocentes, la ayuda no puede llegar, los heridos sufren en los hospitales, las madres lloran a sus hijos muertos, y todo mientras celebramos la Navidad en otros lares y nos preparamos para cambiar de año. ¿Tiene sentido todo esto? ¿Qué podemos hacer? No lo sé. Siento una desazón indefinible. Nos hemos acostumbrado a ver imágenes terribles sin conmovernos apenas. Una vergüenza mundial.

3 comentarios:

Clares dijo...

Bueno, voy a intentarlo de nuevo, porque antes he puesto un comentario y se me ha atascado la máquina, y ahora veo que no está.
Lo que te decía antes es que yo también estoy muy triste, y cada vez que pongo las noticias y veo el sinsentido de toda esa violencia, más aún, pero que me siento impotente, que me indigno sin nada que hacer por evitarlo. Es algo muy doloroso, A la misma vez, mi vida sigue su curso y no puedo evitar el contento personal, Tú hablas de Aladdin y yo me acuerdo de las veces que la he visto con Marcelo, unos años después de tu hijo, porque él sólo tiene once años. Cómo le gustaba, y a mí también, porque yo soy muy aficionada a la animación, que me parece una parte deliciosa del cine.
Pues nada, Feliz Año Nuevo, Yolanda, que sea muy bueno para ti y los tuyos.

Joselu dijo...

Yo también he visto películas de animación estos días: Mi vecino Tottoro, El castillo ambulante y La tumba de las luciérnagas, todas japonesas. Ayer por la noche vimos Tasio de Montxo Armendáriz, director vasco que me llega muy adentro. Entiendo tus motivos de tristeza, también son motivo de reflexión para mí. Es un conflicto envenenado en que todas las partes llevan razón y esto es lo difícil de conciliar. Si me pongo en el lado judío entiendo su posición y si me pongo en el palestino también, aunque ambas también carecen de razones. No necesariamente las víctimas tienen más razón por ser víctimas, aunque merezcan nuestra ayuda y compasión. Estoy enormemente dividido entre corazón y cabeza. Feliz año nuevo, Yolanda, que los hados te sean propicios.

Miguel dijo...

Recuerdo las películas de Disney que le ponía a mi hija en el vídeo. Las veíamos juntos una y otra vez. La verdad es que son geniales. Ahora estoy muy desconectado del mundo de la animación. Pero recuerdo aquellos años con mucha alegría y ternura. Por lo que se refiere a la interminable contienda árabe-israelí, la verdad es que no lo entiendo de ninguna de las maneras. Pero lo cierto es que la gente, los niños, son víctimas de esta cruel realidad. Realmente produce tristeza e impotencia.

Un cordial saludo